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Los monumentos coloniales de orden religioso, como los exconventos franciscanos y agustinos de los S XVI al XVIII, constituyen una parte importante del patrimonio cultural del pueblo hidalguense. Dichas órdenes misioneras dejaron construidos veintiún soberbios conventos que hoy son, además de un gran atractivo turístico, una huella indeleble de la historia y símbolo perenne del sincretismo de dos culturas, es decir, producto del mestizaje en el periodo de la colonia.
Las órdenes religiosas fueron de vital importancia para implantar la colonia y la historia de los conventos está invariablemente ligada con la conquista espiritual de los pueblos que poblaban estas tierras. La verdadera victoria, esa que no culminaron los soldados españoles con armas desconocidas por los antiguos pobladores, sino los religiosos, hombres sencillos que reemplazaron los dioses de la cosmogonía prehispánica por su religión e interpretación del mundo.
Los cristianos de los primeros tiempos vivían esperando la Parusia, el retorno o segunda venida de Cristo, para presidir el juicio final. El hecho de que no se había cumplido esa expectativa inquietó a los teólogos católicos durante muchos siglos. Descubrir en América a numerosos pueblos sin evangelizar, se tomó como explicación del retraso del fin de los tiempos. Una vez que todo el orbe conociera la palabra de Cristo sobrevendría el juicio final.
Mas allá de las diferencias que existen entre las edificaciones conventuales, debido a la ubicación, mano de obra, orden religiosa, materiales utilizados y el arte que resguardan, todos las construcciones comparten características similares, tienen atrios rectangulares rodeados de altos muros, cruces atriales al centro, capillas, templo, retablos y altares con grandes ornatos, sus fachadas de estilo sencillo y plateresco nos evoca los antiguos castillos o fortalezas medievales.
Adicionalmente, cada uno contiene un gran acervo pictórico y artístico que va desde los temas religiosos hasta los fantásticos. Al conocer este conjunto de monumentales edificaciones nos transportamos a un época clave de nuestra historia, que nos ayuda a explicarnos muchos de los rasgos dominantes en la personalidad histórica mexicana.
La construcción de estos monasterios fue la solución arquitectónica ideada por los frailes de las órdenes mendicantes (del latín mendicare, pedir limosna), para la evangelización de la Nueva España. Los edificios conventuales y las pequeñas capillas de enlace levantadas por las órdenes religiosas, se localizan en una amplia porción del territorio hidalguense, en la Sierra Alta, el Valle del Mezquital, la Huasteca y la región de los Llanos.
La creación de estas órdenes en la opaca Europa de la Edad Media, obedeció a una política de la Iglesia para restaurar la sociedad cristiana, amenazada por el afán de lucro, que iba en detrimento de los pobres, que eran la inmensa mayoría de los habitantes de todos los reinos europeos. Era preciso volver al ideal de la pobreza evangélica, el monje consumado de esa época medieval debía de llevar a cabo dos tareas primordiales, la predicación y la práctica de la pobreza, que fueron asumidas por las órdenes mendicantes fundadas para ello, los Franciscanos y Dominicos.
Pero pronto se abandonaría ese ideal de pobreza, porque resultaba inviable, la tarea misionera exigía una preparación intelectual y para ello se precisaba por una parte, que los conventos estuvieran cerca de los centros de estudio y por otra eran necesarios los medios materiales para que la preparación fuera eficaz. Se iba a perder el ideal de la pobreza evangélica, ya que el dinero era indispensable y no todo se conseguía con donaciones.
A la ocupación guerrera de nuevos territorios sucedería la conquista de las almas de millones de vencidos, una oportunidad histórica o “divina” que las órdenes mendicantes llevaron a cabo para hacer realidad los fines que las habían constituido. Los frailes tenían pues la misión de consumar la historia.
Los conventos Franciscanos más que lugares de residencia, eran centros de organización misional y surgieron en un principio cerca de las poblaciones por evangelizar y su tamaño era de proporciones modestas. También los dominicos construían en un principio iglesias humildes, pues el convento tenía ante todo funciones predicadoras, era un centro de campañas misioneras y lo común era que tales construcciones albergaran a pocos frailes, a veces uno o dos.

Con todo, fue tanta la atracción que ejercieron las órdenes mendicantes sobre la sociedad de su tiempo, que se ganaron la enemistad de la otra parte de la Iglesia, la jerárquica, en una sorda lucha de poder y sus servicios ya no fueron solicitados. Por lo que se vieron en la necesidad de construir sus propios templos para recibir a las multitudes que deseaban escucharles.
Los primeros en plantearse la evangelización de la Nueva España fueron los Franciscanos, el grupo inicial llegó a la Ciudad de México el 18 de junio de 1524 e iniciaron la cristianización sistemática en las regiones más densamente pobladas. Dos años después arribaron los Dominicos en 1526 y nueve años más tarde los agustinos en 1533.
Los Franciscanos se establecieron en el centro geográfico-político de los territorios ocupados y desde allí iniciaron lo que más tarde se dio en definir como la “conquista espiritual” de los naturales, apoyados en las disposiciones del Papa, que les concedía cierto margen de poder y autonomía con respecto al poder real. Actuaron especialmente en los actuales estados de Puebla y Tlaxcala donde arribaron al desembarcar en tierras de Nueva España, ahí construyeron una serie de conventos bastante homogénea, con una mezcla muy igualitaria de elementos góticos y renacentistas. También se asentaron en Texcoco, Teotihuacan, Tlaxcala y en el occidente, sobre tierras tarascas y una zona de Jalisco que les permitió, tiempo después, dirigirse al Norte.
La Orden de los dominicos se extendió hacia la región Oaxaqueña de los mixtecas y zapotecas. El punto de partida fue el pueblo de Coyoacán en el Valle de México. Otros lugares con fundaciones dominicas fueron los poblados vecinos de Tláhuac y Chalco, pero el más significativo fue el de Chimalhuacán.
Los agustinos ocuparon espacios no tocados por las órdenes anteriores, aunque abordaron zonas del actual estado de México, hacia Guerrero y el Norte de Veracruz. Su residencia fuera de la Ciudad de México fue Ocuituco Morelos, y paulatinamente se extendieron por los actuales estados de Hidalgo, Guanajuato y Michoacán.
A la hora de proyectar sus conventos los Franciscanos y Dominicos se excedieron en la monumentalidad de sus construcciones, ambos fueron superados por los agustinos con sus gigantescos edificios. Los claustros de las distintas órdenes generalmente estuvieron decorados con pinturas que no eran meramente decorativas, ya que responden, según se aprecia en lo conservado, a claros y precisos programas iconográficos de acuerdo con los móviles espirituales de cada orden. Precisamente, uno de los rasgos definitorios de lo agustino era la profusión de pintura mural. Toda la decoración de sus edificaciones está confinada a la pintura. De hecho, sus mensajes pictóricos son incluso más sugestivos que en su literatura doctrinal.
Para los Agustinos el espacio de las escaleras claustrales resultó idóneo para desarrollar sus programas pictóricos, los cuales superan a las otras órdenes. Dos de los conventos más expresivos son el de Actopan y el de Atotonilco el Grande, ambos en Hidalgo. Tanto en uno como en otro se concretó a través de la pintura mural la exposición doctrinal del ideal monástico de San Agustín, ya que en él, el concepto de monacato iba íntimamente ligado a su visión de la filosofía como ciencia especulativa y práctica.
El investigador hidalguense Víctor Manuel Ballesteros en su obra Los conventos del estado de Hidalgo: expresiones religiosas del Arte y la Cultura del SXVI, precisa que las fundaciones franciscanas en Hidalgo siguieron dos rutas, una a partir de Tepeapulco (1528) y hacia el norte: Tulancingo (ca.1528), Zempoala (1540), Apan (antes de 1559). La otra ruta la emprenden desde Tula (1530) a Tepeji del Río (1558), Alfajayucan (ca. 1559), Atotonilco de Tula (ca.1560), Tlahuelilpan (ca.1560), Tepatitlán (ca.1587).
Los Agustinos hicieron sus primeras misiones en Atotonilco el Grande (1536), la región de la sierra, Metztitlán (ca.1536) y Molango (1538); de ahí siguieron a Xochicoatlán (ca.1538); Epazoyucan (1540), Singuilucan (1540), Mixquiahuala (entre 1539 y 1568), Huejutla (1545), Actopan (1550), Ixmiquilpan (1550), Villa Tezontepec (1554), Acatlán (1557), Chapulhuacán, Tutotepec y Chichicaxtla (los tres entre 1557 y 1560), Chapantongo (1566-1569), Tlanchinol (antes 1569), Ajacuba (1569), Zacualtipán (1572) y Lolotla (ca.1563).
A partir de entonces los evangelizadores levantaron una gran cantidad de iglesias, fue tanta la prisa de los frailes por evangelizar que en menos de medio siglo, el actual estado ya estaba poblado por una treintena de conventos. En Hidalgo hay noticias de doce fundaciones hechas por los franciscanos y de veinte de los agustinos. Se les ha llamado conventos-fortaleza porque poseen elementos defensivos que los identificaban simbólicamente con la fortaleza espiritual.
Así pues, hasta 1580 aproximadamente, se construyeron unos 250 conventos en Nueva España que además fungían como eventuales fortificaciones, posadas o albergues, contaban con amplísimos huertos, y eran levantados principalmente sobre los antiguos lugares sagrados de los indios, para evidenciarles la supremacía de la nueva religión.
Varios sitios conventuales del estado de Hidalgo cuentan con una antigua fortaleza, como ocurre en muchos poblados españoles, y es que el castillo o fortín tomó la forma de templo y se convirtió en la apacible residencia de los frailes. Todos los conventos son magníficas obras arquitectónicas que resguardan parte muy importante del arte colonial, como muebles, pinturas, murales y esculturas, muestra del talento, la capacidad y la influencia indígena, así como del mestizaje en la vida colonial.
“En la edificación de los enormes conjuntos conventuales trabajaron grandes contingentes de indígenas, y aunque contaban con una habilidad básica en asuntos de construcción, las técnicas europeas implicaban el manejo de nuevas herramientas y diferentes patrones constructivos y estéticos. Los indígenas que los levantaron siguieron en las primeras décadas, los modelos de organización laboral prehispánica. Hasta mediados del SXVI los nativos trabajaron gratuitamente, después se les daba cierta remuneración y a finales de esa centuria, ya había muchos que solo trabajaban por paga”, apuntó el doctor Ballesteros en su obra citada.
Destacan en el Estado de Hidalgo los conventos agustinos de San Nicolás Tolentino, en Actopan, fundado en 1548. San Miguel Arcángel, en Ixmiquilpan, que data del año 1550. Los Santos Reyes en Meztitlán, monasterio del siglo XVI. Mención aparte merecen San Andrés, ubicado en Epazoyucan, San Agustín en Huejutla, el primer templo que se construyó en la región de la huasteca, edificado sobre una antigua pirámide prehispánica.
Igualmente majestuosos son los exconventos de San Agustín en Atotonilco el Grande, que data del SXVI, con impresionantes pinturas en el cubo de la escalera, sin comparación en todo México, ya que su tema no es religioso. La representación muestra a San Agustín rodeado de los filósofos griegos Sócrates, Platón, Aristóteles, Pitágoras y los clásicos latinos Séneca y Cicerón, algo realmente extraordinario para el momento y la visión religiosa de la época.
Sobresale también el monasterio del Señor de Singuilucan iniciado por los franciscanos y terminado por los agustinos en el SXVIII. Así como los exconventos franciscanos de San Mateo en Huichapan y San Martín en Alfajayucan, construidos entre 1558 y 1585. El exconvento de San Francisco de Asís en Tepeapulco, fue edificado en 1528 sobre lo que por siglos fue el Templo Mayor del Tapeapulco prehispánico. El convento de San Francisco en Pachuca fue construido entre los años 1596 y 1660, en la actualidad alberga un importante conjunto cultural, integrado por la Fototeca Nacional del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Centro de las Artes de Hidalgo y el Cuartel del Arte dependencias del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes.
Muchos edificios conventuales en el transcurso del tiempo han visto modificado su propósito inicial y han pasado a ser colegios apostólicos y seminarios; durante el movimiento de Reforma en el SXIX, algunos se expropiaron y se usaron como escuelas, cuarteles, hospitales, cárceles y en nuestra época también albergan museos y centros de cultura.
Preservar el patrimonio cultural y disfrutar de esa riqueza testimonial es un asunto que involucra no sólo a unos cuantos, sino a todos los sectores de la población. (jal)

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En la secretaria de Turismo tienen varias opciones, saludos.