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La palabra conciencia proviene del latín conscientia, que significa con conocimiento. Esta palabra alude al acto psíquico por medio del cual el individuo se percibe a sí mismo inserto en el mundo.
La definición “canónica” de la conciencia es el conocimiento que el ser humano tiene de sí mismo y de su entorno; una capacidad cognitiva relacionada con la atención, que permite a los seres humanos percibir, de manera más profunda, la entidad global de un objeto y su propia existencia.
En términos filosóficos, se diría que es la facultad de decidir según la percepción del bien y del mal (lo que llamaríamos conciencia moral). De todas maneras, no está falto de razón Jean Paul Sartre cuando afirma que “la conciencia sólo puede existir de una manera, y es teniendo conciencia de que existe”.
Pero la conciencia moral puede llevar a diferentes personas a actuar de distinto modo, de acuerdo con sus principios. Un ejemplo sería el de la posición ante la guerra. En este sentido, el dramaturgo Eugene Ionesco ha escrito una frase que explica bien esta paradoja: “Si matamos con el consentimiento colectivo, no nos remuerde la conciencia”. Se ha dicho que “Las guerras se inventaron para matar con la conciencia limpia”.
Algunos expertos afirman que la actuación de la conciencia moral abarca tres niveles: “antes del acto”, “durante el acto” y “después del acto”. En el primero caso, la conciencia actúa como consejera; en el segundo, nos indica que somos libres y responsables da nuestra acción; en el tercero, actuando como juez y ejecutora, la conciencia nos aplicaría su sentencia: satisfacción, tranquilidad, remordimiento, vergüenza, arrepentimiento, etc.
Se puede hablar de distintos tipos de conciencia, una forma de clasificarla es:
- Conciencia individual: esta alude a la conciencia del individuo y de la forma en que el entorno puede perjudicarlo o favorecerlo en las distintas circunstancias de la vida. Por medio de esta, la persona establece qué es lo bueno y lo malo
para sí. El poner en marcha esta distinción se la conoce bajo el nombre de instinto de supervivencia. Además, por medio de ésta el individuo cae en la cuenta de que debe usar su libre albedrío y capacidades para crear y también dirigir su propio plan de vida.
Conciencia social: la expresión apunta a cual es el estado de la conciencia del resto de la comunidad y de cómo el entorno puede favorecerla o perjudicarla. Por medio de la conciencia social se establece aquello que es malo o bueno para la comunidad como un todo y cuando esta distinción se pone en marcha se la conoce bajo el nombre de instinto de protección.
Conciencia emocional: a partir de los datos emocionales, esta conciencia dictamina qué es bueno y qué es malo, así como también de cómo la forma en que el individuo y su comunidad actúen, afectará el estado emocional de la comunidad en sí, la realización acertada de dicha distinción se la conoce bajo el nombre de inteligencia emocional.
Conciencia temporal: por medio de ésta el individuo toma conciencia sobre el ambiente que lo rodea y de cómo lo afecta tanto a él como al resto de los demás a lo largo de la línea del tiempo. Por medio de ella se distingue aquello que es malo o bueno para la comunidad como un todo con respecto a su futuro. Cuando esta distinción se ejerce correctamente se la conoce como inteligencia racional.
Conciencia psicológica: por medio de esta conciencia, la persona advierte su propia presencia, de los hechos y objetos que se ubican fuera del propio yo y la reflexión de los actos propios.
Conciencia moral: es el conocimiento que cada individuo debería tener sobre las reglas morales y las normas. Por medio de esta, la persona se da cuenta de si la propia conducta moral es valiosa o no. Los actos morales son aquellos orientados hacia los demás, el mundo y el exterior.
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El misterio de la conciencia
Por Martín Bonfil Olivera, mbonfil@gmail.com
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Uno de los grandes misterios científicos que quedan por entender (probablemente “resolver” no sea la palabra adecuada en casos como éste) es el de qué es la conciencia: esa “preciosa aunque misteriosa capacidad de estar al tanto de nuestro propio yo y del mundo que nos rodea” (como la describe un boletín de la Academia Finlandesa).
Sabemos que, lejos de ser una manifestación espiritual, se trata de un fenómeno natural: una propiedad emergente del funcionamiento de nuestro cerebro, que a su vez es producto de un proceso evolutivo de millones de años. Lo que aún no entendemos son los detalles de cómo un trozo de sesos de kilo y medio da origen a un yo consciente, a un “alma” (si quiere usted llamarla así).
¿Cómo podría investigarse algo así? Un enfoque interesante es el que plantearon, usando anestésicos, el investigador Harry Scheinin y su equipo en la Universidad de Turku, Finlandia (en colaboración con investigadores de la Universidad de California en Irvine), como parte de un proyecto de “neurofilosofía de la conciencia”, nada menos. Y es que el tema da para discusiones filosóficas, éticas, neurológicas, evolutivas…
La anestesia es buen método para explorar cómo el cerebro origina la conciencia: cada vez que nos dormimos perdemos, en gran medida, la conciencia. También, más profundamente, cuando somos anestesiados antes de una operación. Scheinin administró anestésico a 20 sujetos jóvenes y sanos y los metió a un aparato de tomografía por emisión de positrones (PET), que permite monitorear el flujo de sangre en el cerebro, y por tanto detectar qué áreas se van activando cuando los sujetos recobran la conciencia (definida como cuando eran ya capaces de obedecer la orden de realizar un movimiento). Para separar los efectos de ir bajando la dosis del anestésico – propofol, de mala fama gracias a Michael Jackson, pero usado comúnmente en cirugía– de los del proceso mismo de recobrar la conciencia, en la mitad de los pacientes se usó otro anestésico, dexmedetomidina, que permite despertar a los pacientes sin bajar la dosis que se les estaba administrando. Como los resultados con ambos anestésicos coincidieron, puede asumirse que se deben al proceso mismo de recobrar la conciencia, no al la disminución en la dosis de propofol. Lo que se descubrió fue que, contra lo que se hubiera esperado, no fueron las áreas de la corteza cerebral –el neocortex, la parte evolutivamente más nueva del cerebro humano, y la que normalmente se asocia con la conciencia– las que se activaron primero, sino áreas mucho más antiguas como el tallo cerebral, el tálamo y el sistema límbico. Éstas serían, según los autores del estudio, publicado en la revista Journal of Neuroscience el pasado 4 de abril,
“los correlatos neurales mínimos que se requieren para que emerja un estado consciente”.
Lo inquietante es que muchas de las pruebas que normalmente se realizan para determinar si una persona está inconsciente (por ejemplo para ver si la anestesia durante una operación está siendo efectiva, o para determinar si hay muerte cerebral) se basan en gran parte en el monitoreo de la función de la corteza. Hay casos de “conciencia intraoperativa” en que los pacientes reportan recordar lo sucedido durante una cirugía. Y más preocupante, hay indicios de pacientes con muerte cerebral diagnosticada que, al ser operados para retirarles órganos para donación, podrían haber sufrido dolor.
Los resultados de Scheinin seguramente detonarán nuevos estudios y nuevas discusiones que nos llevarán a entender un poco mejor no sólo cómo el yo emerge de nuestro cerebro, sino qué es eso que llamamos conciencia y qué es, finalmente, una persona humana. Y a mejorar los criterios con los que actuamos en casos donde la calidad de persona humana es decisiva.
Milenio.com, 3º mayo 2012
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