Agustín López Mungía

Más que nunca debemos abogar por una ética periodística que permita a los lectores forjarse una opinión fundamentada sobre los diversos aspectos de la ciencia y la tecnología.
Para empezar, sugiero al lector que haga una encuesta entre sus conocidos sobre lo que piensan en relación con el consumo de alimentos transgénicos. Vaya, para no ir tan lejos, mejor pregunte primero a sus encuestados ¿qué es un alimento transgénico?, ¿cuántos de los alimentos que consume han sido modificados genéticamente? y ¿qué sabe sobre el efecto de su consumo en la salud? Acto seguido, proceda a preguntarles cuál es el origen de esa información. Si el interrogatorio es escrito, puede ayudar al encuestado en esta última pregunta dándole opción múltiple que incluya: a) la experiencia (enfermedad o intoxicación propia, de un conocido o de un animal); b) una opinión escuchada en la radio o la televisión; y c) la lectura de un artículo de algún experto en enfermedades genéticas (referida, claro, a los genes que comemos, no a los que tenemos).
Sin temor a equivocarme puedo afirmar que poca gente podrá contestar que todos los alimentos que consumimos han sido modificados genéticamente, y que estas modificaciones se dieron desde los inicios de la agricultura, con el fin de hacer que los productos del campo fueran cultivables y comestibles. Por ejemplo, nadie come teocintle, el ancestro del maíz; además, a diferencia del teocintle, el maíz no avienta los granos al suelo y éstos se conservan en la mazorca, por lo que la planta no puede reproducirse sin la ayuda del hombre, por no hablar de la adaptación del maíz a determinado clima, suelo y sobre todo de su resistencia a plagas específicas. Pocos sabrán también que la diferencia con los llamados transgénicos es que, con las herramientas de la biología moderna, las modificaciones genéticas pueden hacerse ahora no sólo con los genes del maíz sino con genes de cualquier especie. Es decir, que la información genética que hace que una bacteria mate a un insecto, se le puede poner al maíz para volverlo resistente al mismo insecto.
Mediante la encuesta también se encontraría que las ideas negativas que el común de los ciudadanos tiene hoy en día sobre los alimentos transgénicos, al menos en lo que a su efecto en la salud humana se refiere, no proviene de ninguna evidencia documentada, sino de lo que se sabe indirectamente a través de lecturas que no fueron cuestionadas o debatidas, o por lo que se ha escuchado en radio y televisión. Y para muestra, un botón: me permito poner a la consideración del lector una vivencia personal relacionada con una lectura sobre el tema del maíz transgénico que me lleva a hacer un llamado a comer y leer de todo pero con cautela, mesura y espíritu crítico.
El 15 de junio de 2002 se publicó en el diario La Jornada un artículo titulado “Embarazos transgénicos”, firmado por Silvia Ribeiro, que poco después fue ampliamente difundido por Internet. Es importante señalar que La Jornada se caracteriza por la amplia cobertura que da a noticias de ciencia y tecnología, y que el tipo de problemas al que voy a referirme es común en la prensa de México.
De acuerdo con el artículo, el porcicultor estadounidense Jerry Rosman, que lleva más de tres décadas criando cerdos en Shelby, Iowa, habría tenido serios problemas en los últimos dos años pues la reproducción de sus animales disminuyó hasta llegar a 20% de las crías que obtenía antes con sus 200 cerdas. Una vez que Rosman decidió supervisar el asunto personalmente se dio cuenta de que el 80% de las cerdas tenía un ciclo normal, es decir, que las pruebas de laboratorio indicaban embarazos, pero sólo 20% llegaba a término, el resto ni abortaba ni paría: ¡el embarazo desaparecía! Las cerdas volvían a entrar en celo y el proceso de los seudo-embarazos se repetía sin que los laboratorios de análisis detectasen alguna enfermedad. El porcicultor decidió sacrificar a las madres y las autopsias mostraron que no tenían embarazos reales, sino solamente líquido. Rosman “oyó” que otro criador también estaba sacrificando a sus animales por razones similares y finalmente cuatro criadores, en un radio aproximado de 10 kilómetros, cayeron en la cuenta de que sufrían el mismo problema. Todo esto, señala Ribeiro, fue publicado en el Iowa Farm Bureau Spokesman el 4 de mayo de 2002.
De acuerdo con el artículo de La Jornada, Rosman comparó su situación con la de otros productores afectados, y encontró una constante: todos alimentaban a sus cerdos con maíz transgénico del tipo Bt . Encontró también que las pruebas de laboratorio revelaron que el maíz estaba contaminado con hongos, en particular con dos cepas del hongo Fusarium. Más adelante el artículo cita un dictamen que a la letra dice: Gary Munkvold, un fitopatólogo de la Universidad Estatal de Iowa, comentó que por la amplitud de las pruebas que hizo Rosman para eliminar otras causas de los seudo-embarazos, y el hecho de que con el cambio de alimento desaparecieron los síntomas, se puede suponer que están en lo correcto al creer que el maíz Bt fue la causa. A pesar de estar en “la pista correcta”, agrega: “en estudios realizados en laboratorio, el maíz Bt generalmente ha mostrado menor frecuencia de contaminación con Fusarium que el maíz convencional”. Según Munkvald, esto se debe a que el maíz Bt no sufriría los ataques del barrenador europeo del maíz, situación que favorece las infecciones de Fusarium. Esta información no es analizada por la autora, sino que a partir de este punto el artículo de marras simplemente repite lo que en muchas ocasiones se ha escrito sobre los transgénicos: que los niveles de incertidumbre sobre los efectos de los transgénicos en la salud son altos; que las compañías sólo buscan recuperar rápidamente sus inversiones, sin importarles qué consecuencias puedan tener sobre la gente, los animales y el ambiente; que los campesinos lo plantan por ignorancia, y finalmente que los consumidores estamos siendo usados como “cochinillos” de indias gratuitos de la industria biotecnológica.
Conviene empezar por señalar que un seudo-embarazo es una condición en la que una cerda tiene un retraso en el ciclo reproductivo durante el cual se presentan muchos signos físicos y de comportamiento típicos de la gestación, pero en el que no hay producción de crías.
A partir de la publicación del artículo en La Jornada, revisé la prensa con mayor detalle para conocer los avances del caso de los cerdos. Para mi sorpresa, los días transcurrieron sin que hubiese continuidad a la noticia publicada. El estado de Iowa es uno de los principales productores de cerdos y de maíz transgénico.
El Departamento de Estado para la Agricultura de los Estados Unidos estima que hay una población de unos 14.7 millones de cerdos y cerdas en Iowa, y que de junio a agosto de este año se produjeron más de tres millones y medio, consecuencia del embarazo de 430 000 cerdas con camadas promedio de 8.5 cerdos. Por otro lado, el Centro para el Desarrollo Agrícola y Rural estima que este año se producirán en los Estados Unidos más de 240 millones de toneladas de maíz, de las cuales un 17.5% se produce en Iowa y cerca del 30% es transgénico. Para una población de cerdos de ese tamaño, comiendo todos en mayor o menor medida maíz transgénico, ¿no debería haber cientos de miles de seudo-embarazos?
Al pasar los días sin más noticias, empecé a hacer pesquisas entre amigos en el área de la producción animal. El doctor Francisco Trigo, profesor de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, fue el primero en amonestarme; me aclaró que se dice “gestación” no “embarazo” y “necropsia”, no “autopsia”, cuando se trata de animales. Sobre los seudo-embarazos (perdón, las seudo-gestaciones) de cerdas, señaló: “No creo que el maíz transgénico per se cause un daño reproductivo a las cerdas, a menos que produzca alguna proteína no caracterizada aún que interfiera con la gestación. De cualquier forma te informo que el maíz y sorgo que se usa para alimentar aves y cerdos, y a veces humanos, con frecuencia tiene hongos que producen toxinas (micotoxinas). Así que no es raro en veterinaria encontrar estos casos con granos normales. Pero mejor consulta con un experto en nutrición animal o con un fitopatólogo”. Fue así como llegué al doctor Ernesto Moreno Martínez, profesor de la Facultad de Estudios Superiores de Cuautitlán de la UNAM y destacado fitopatólogo. ¿Qué puede saber un estudioso de enfermedades de plantas sobre cerdas gestantes? Resulta que los fitopatólogos fueron los primeros en estudiar a las micotoxinas, que se producen como resultado del crecimiento de hongos tóxicos como el Fusarium, el patógeno más importante del maíz. El doctor Moreno coincidió conmigo sobre la dificultad de poder concluir que el maíz Bt fuese el responsable de las seudo-gestaciones de las cerdas de Rosman. Como ya se mencionó, Ribeiro señala en su artículo que el fitopatólogo Munkvold por un lado afirma que va en la pista correcta y por el otro que justamente el maíz Bt es menos susceptible al ataque de Fusarium. “Eso es muy confuso, ¡tan fácil que es medir si hay toxinas de Fusarium en el alimento!” fue el comentario del doctor Moreno. A su vez me preguntó si la proteína Bt podría ser tóxica para las cerdas, a lo que respondí que antes de que se aprobara para consumo humano, se habían realizado cientos de pruebas de alimentación con esta proteína sin que se hubiese reportado daño alguno, y que los estadounidenses y en buena medida nosotros también llevábamos varios años consumiéndola y, gracias a eso, comiendo menos insecticidas, pero que había que estar abiertos a todas las posibilidades.
El doctor Moreno me informó que la zearalenona (que es el producto tóxico o toxina que produce el hongo de Fusarium) afecta los órganos sexuales de las cerdas, y en la década de los años sesenta y setenta se realizaron muchos trabajos de investigación con cerdas y otros animales domésticos, particularmente por el doctor Chester J. Mirocha, de la Universidad de Minnesota, que lo confirman.
Finalmente, el doctor Moreno me propuso realizar un experimento con cuatro lotes de maíz: maíz criollo no transgénico, maíz Bt y dos lotes más de maíz criollo y maíz Bt contaminado con toxinas de Fusarium; posteriormente había que alimentar con estos lotes a cuatro grupos de cerdas en edad reproductiva, cada grupo con uno de los cuatro lotes de maíz. Mi falta de capital y tiempo me hicieron cerrar ahí este capítulo de la pesquisa.
El Iowa Farmer Today es una publicación de los productores de ese estado y el titular de la edición del pasado 15 de octubre reza: “El maíz Bt no es el responsable de los problemas de las cerdas, concluyen investigadores de la Universidad Estatal de Iowa”. De acuerdo con este reporte, el profesor John Carr, experto en diagnóstico y medicina de la producción animal, de la misma Universidad, habría visitado las cinco granjas con alto grado de seudo-gestaciones, además de otras dos donde la vida de las cerdas transcurría normalmente. El profesor Carr encontró que en todos los casos el alimento consistía de mezclas de maíz Bt y maíz híbrido no modificado por ingeniería genética (por ahí habría que haber empezado, me dije). Carr, junto con Thomas Carson, profesor de medicina veterinaria, y Gary Munkvold, el fitopatólogo al que se refiere artículo de La Jornada, concluyeron que no existía ninguna relación entre el maíz Bt y los problemas de reproducción de las cerdas, y que el caso se podría explicar no sólo por la presencia de Fusarium, frecuente patógeno de los granos de maíz, sino también por la forma en que se aplican las pruebas de gestación. En el Iowa Farmer también se señala que la zearalenona es la micotoxina de Fusarium que actúa como estrógeno y está asociada con la seudogestación. La toxina no fue encontrada en ninguno de los maíces analizados, aunque sí se encontraron esporas del hongo. De acuerdo con Munkvold, cuando los insectos atacan a los granos de maíz, hacen que éstos se vuelvan más susceptibles al ataque de Fusarium, cosa que rara vez sucede en el maíz Bt. O al menos no con la frecuencia que sucede en el maíz convencional. Y agregó: es muy difícil determinar los orígenes de las seudo-gestaciones. Éstas han existido desde hace muchos años en granjas de todo el mundo independientemente del tipo y consistencia de la alimentación usada. Para concluir aseguró que un análisis detallado de las políticas de reproducción resolvió el problema en tres de las granjas. En la cuarta se solucionó antes de iniciar la investigación y la quinta cerró. Dos unidades con 750 cerdas alimentadas con maíz Bt fueron analizadas de cerca durante seis meses sin que se observara problema alguno de seudogestaciones. Munkvold concluye que se han realizado numerosos estudios con animales de muchas especies sin que se hayan observado daños.
Me pregunto: ¿en la mente de cuantos lectores del artículo de La Jornada habrá quedado ligada la imagen del maíz transgénico con una triste cerda, incapaz de crear cochinitos? ¿No sería ético que quienes escriben sobre este tipo de noticias les dieran un seguimiento riguroso? ¿No es deber de todos velar por una información científica y tecnológica objetiva?
Es una pena que en este país no tengamos suficientes espacios y gente informada como para evitar que quien escriba algo ciertamente polémico, por llamarlo de alguna manera, no tenga que proporcionar alguna evidencia de que lo que escribe es verificable y, más aún, dar un seguimiento a sus planteamientos. Yo no tengo ningún interés en convencer a la gente de que coma maíz transgénico y mucho menos que los productores compren semilla a las grandes empresas trasnacionales del agro —primera descalificación a la que se expone quien cuestiona información no fidedigna al respecto—, soy además devoto consumidor de tlayudas, tamales, pozole y quesadillas con maíz de todos colores, y me preocupa la conservación del medio ambiente, la biodiversidad y sobre todo lo que la biotecnología moderna puede hacer a este respecto, incluido el maíz. Pero creo que debemos movernos hacia una ética periodística que impida que se sorprenda al lector; o más bien, que le dé el mayor número de elementos para que se haga de una opinión fundamentada y se contrarreste el profundo y casi permanente impacto que la primera impresión de la lectura de una catástrofe o riesgo alimentario puede dejar en nuestro subconsciente si no es desmentida, y que origina muchas de nuestras ideas preconcebidas.
El artículo de La Jornada sobre embarazos transgénicos concluye diciendo: “Quizá en cierto tiempo los científicos puedan explicar el caso de Rosman a costa de los consumidores, los productores y su ganado, a quienes nos usan como “cochinillos” de indias gratuitos de la industria biotecnológica”. Creo que ya lo hicieron, sólo había que buscar la información.









