J. R. R. Tolkien, escritor del mes de enero de 2012
John Ronald Reuel Tolkien, escritor, poeta, filólogo y profesor universitario, nació el 3 de enero de 1892, en una población sudafricana llamada Bloemfontein. El apellido Tolkien es un anglicismo del alemán Tollkiehn, cuyo origen radica en tollkühn (temerario).
Su padre Arthur Reuel Tolkien, era un trabajador bancario y ciudadano británico que había decidido marcharse a probar fortuna en Sudáfrica a finales del siglo XIX. Allí se casó con Mabel Suffield, mujer que también poseía la nacionalidad británica. En 1895, cuando el pequeño Ronald, como lo llamaban en su familia, contaba con tres años de edad se trasladó con su madre y hermano a Inglaterra por motivos de salud. El padre permaneció trabajando en el país africano y falleció al año siguiente de una fiebre reumática.
Mabel se convirtió junto con sus dos hijos al catolicismo en el año 1900, a pesar de la fuerte oposición familiar, de confesión baptista, que retiró toda la ayuda económica que le daban desde que se quedó viuda. En 1904 cuando Ronald tenía doce años, falleció su madre debido a complicaciones de diabetes, que era una enfermedad muy peligrosa antes de la aparición de la insulina.
Por mantenerse en el catolicismo frente a la presión de su familia, durante toda su vida Tolkien vivió convencido de que su madre había sido una verdadera mártir de su fe, lo que le produjo una profunda impresión en sus propias creencias católicas y marcó de forma definitiva toda su vida, su obra misma y su pensamiento político.
Consecuencia de su orfandad, Ronald y Hilary fueron educados por un cura católico, Francis Xavier Morgan de origen andaluz y padre galés, quien había apoyado moral y económicamente a Mabel Tolkien tras su conversión y había enseñado al joven Ronald las bases del idioma español que este empleó en la creación de su naffarin. En el orfanato conoce y se enamora de Edith Mary Bratt, con quien se casó años más tarde.
Los hermanos se trasladaron con la familia materna y crecieron en casa de su tía Beatrice en Birmingham. Tolkien recibió educación católica en la King Edwards School y en la St. Phillips’s Grammar School. El joven sintió siempre una inclinación por el estudio del lenguaje, el folklore y la mitología, acostumbrado como estaba a crear desde niño idiomas propios, que compartía con sus primos y hermano menor. Se recibió en la Universidad de Oxford, con excelentes calificaciones en Lengua y Literatura Inglesa.
Acudió a combatir en la Primera Guerra Mundial, en donde sufrió la llamada “fiebre de la trinchera”. En su convalecencia comenzó a trabajar en El Silmarillion, que se publicó póstumamente. Se casa en marzo de 1916, un año después nace el primero de sus cuatro hijos, comienza a trabajar de profesor en las universidades de Leeds y en Oxford, donde permanecerá como catedrático de anglosajón de 1925 a 1945.
Ahí conoció a C. S. Lewis, uno de sus mejores amigos y confidentes literarios, con quien compartió sus aficiones a los mitos y leyendas, especialmente los relativos a la época medieval, también se convertiría en un afamado escritor con sus célebres Crónicas de Narnia. Ambos, junto a gente como Owen Barfield o Charles Williams, formarían el grupo The Inklings, que mantenían animadas tertulias en un pub llamado Bird and Baby.
En su faceta de editor, Tolkien sacaría a la luz el Sir Gawain y el caballero verde (1925), un texto anónimo del siglo XIV ambientado en la corte de Camelot, del cual hay versión al español en ediciones Siruela. En los años 30 publicó diferentes estudios críticos, como el Beowulf (1936), con traducción castellana en Siruela y adaptación cinematográfica.
Desde su adolescencia, Tolkien había empezado a escribir una serie de mitos y leyendas sobre la Tierra Media. Lamentaba que en su país no existiera una mitología del carácter de la griega y se proponía inventar “una mitología para Inglaterra”, que más tarde daría lugar a El Silmarillion, previamente denominado El libro de los cuentos perdidos. Dichos relatos están inspirados en toda la mitología europea: del Kalevala finlandés a las sagas escandinavas y cuentos antiguos ingleses.
Publicó en 1937 The Hobbit, proyectado como un cuento escrito para sus hijos, tuvo una muy favorable acogida por sus lectores. Esta historia se engrandecería con su desarrollo en la trilogía El señor de los anillos, al publicar en 1954 dos tomos, La comunidad del anillo y Las dos torres, en 1955 apareció el tercero El retorno del Rey. Esta obra magna, situada en un mundo mitológico, épico y fantástico, y basada en la clásica confluencia entre el bien y el mal, se convirtió en un éxito literario y un objeto de culto sin precedentes.
Si bien escritores como Morris, Howard y Eddison precedieron a Tolkien en el género literario de fantasía con obras tan famosas e influyentes como Conan el Bárbaro, el gran éxito de El hobbit y El Señor de los Anillos en Estados Unidos, condujeron directamente al resurgimiento popular del género. Lo que permitió identificar a Tolkien como “el padre” de la literatura moderna de fantasía, o más precisamente, de la alta fantasía. Sus trabajos literarios han inspirado muchas otras obras de fantasía y han tenido un efecto duradero en todo el género. En 2008, el periódico The Times le clasificó sexto en una lista de los 50 escritores británicos más grandes desde 1945.
En 1959 Tolkien abandonó la docencia, y en 1968 trasladó su residencia a Pool, en Bournemouth, tres años después moriría su esposa Edith. En 1972 fue condecorado por la reina Isabel II.
En vida, además de los títulos citados, el autor británico nacido en Sudáfrica, publicó también el poemario Las aventuras de Tom Bombadil (1962), Árbol y hoja (1964) y el relato Hoja de Niggle, y entre otras publicaciones, el cuento El herrero de Wootton Mayor (1967).
J. R. R. Tolkien falleció el 2 de septiembre de 1973 a la edad de 81 años, tras su deceso se editaron diversos libros que agrandaban su legado dentro de la fantasía heroica, entre ellos los de La Historia de la Tierra Media. En el año 2007 su hijo Christopher editó un nuevo libro de su padre llamado El hijo de Húrin, en el cual se narra una historia ambientada en la Primera Edad de la Tierra Media. Más tarde publicó La Leyenda De Sigrud y Gudrun (2009), poema épico basado en la Edda Poética.
Estos libros, junto con El hobbit y El Señor de los Anillos, forman un cuerpo conectado de cuentos, poemas, historias de ficción, idiomas inventados y ensayos literarios sobre un mundo imaginado llamado Arda, y más extensamente sobre uno de sus continentes, conocido como la Tierra Media. Entre 1951 y 1955, Tolkien aplicó ya la palabra Legendarium a la mayor parte de estos escritos.
Su pensamiento político evolucionó de un conservadurismo moldeado por su militancia católica y anticomunismo a un “anarquismo monárquico” (similar postura a la del poeta colombiano Álvaro Mutis), lo cierto es que fue un escritor de una imaginación poderosa que creó una mitología eterna, un habitante del siglo veinte que vivía preferentemente en mundos imaginarios.
Sobre los cuentos de hadas
J. R. R. Tolkien
La mágica invención del adjetivo
…La mente humana, dotada de los poderes de generalización y abstracción, no sólo ve hierba verde, diferenciándola de otras cosas (y hallándola agradable a la vista), sino que ve que es verde, además de verla como hierba. Qué poderosa, qué estimulante para la misma facultad que lo produjo fue la invención del adjetivo: no hay en fantasía hechizo ni encantamiento más poderoso. Y no ha de sorprendernos: podría ciertamente decirse que tales hechizos sólo son una perspectiva diferente del adjetivo, una parte de la oración en una gramática mítica. La mente que pensó en ligero, pesado, gris, amarillo, inmóvil y veloz también concibió la noción de la magia que haría ligeras y aptas para el vuelo las cosas pesadas, que convertiría el plomo gris en oro amarillo y la roca inmóvil en veloz arroyo. Si pudo hacer una cosa, también la otra; e hizo las dos, inevitablemente. Si de la hierba podemos abstraer lo verde, del cielo lo azul y de la sangre lo rojo, es que disponemos ya del poder del encantador. A cierto nivel.
Y nace el deseo de esgrimir ese poder en el mundo exterior a nuestras mentes. De aquí no se deduce que vayamos a usar bien de ese poder en un nivel determinado; podemos poner un Verde horrendo en el rostro de un hombre y obtener un monstruo; podemos hacer que brille una extraña y temible luna azul; o podemos hacer que los bosques se pueblen de hojas de plata y que los carneros se cubran de vellocinos de oro; y podemos poner ardiente fuego en el vientre del helado saurio. Y con tal “fantasía” que así se la denomina, se crean nuevas formas. Es el inicio de Fantasía. El Hombre se convierte en subcreador.
Así, el poder esencial de Fantasía es hacer inmediatamente efectivas a voluntad las visiones “fantásticas”. No todas son hermosas, ni incluso ejemplares; no al menos las fantasías del Hombre caído. Y con su propia mancha ha mancillado a los elfos, que sí tienen ese poder real o imaginario. En mi opinión, se tiene muy poco en cuenta este aspecto de la “mitología”: subcreación más que representación o que interpretación simbólica de las bellezas y los terrores del mundo.
En el mundo secundario
…Naturalmente que los niños son capaces de una fe literaria cuando el arte del escritor de cuentos es lo bastante bueno como para producirla. A esa condición de la mente se la ha denominado “voluntaria suspensión de la incredulidad”. Más no parece que ésa sea una buena definición de lo que ocurre. Lo que en verdad sucede es que el inventor de cuentos demuestra ser un atinado “subcreador”. Construye un Mundo Secundario en el que tu mente puede entrar. Dentro de él, lo que se relata es “verdad”: está en consonancia con las leyes de ese mundo. Crees en él, pues, mientras estás, por así decirlo, dentro de él. Cuando surge la incredulidad, el hechizo se quiebra; ha fallado la magia, o más bien el arte. Y vuelve a situarte en el Mundo Primario, contemplando desde fuera el pequeño Mundo Secundario que no cuajó. Si por benevolencia o por las circunstancias te ves obligado a seguir en él, entonces habrás de dejar suspensa la incredulidad (o sofocarla); porque si no, ni tus ojos ni tus oídos lo soportarán. Pero esta interrupción de la incredulidad sólo es un sucedáneo de la actitud auténtica, un subterfugio del que echamos mano cuando condescendemos con juegos e imaginaciones, o cuando (con mayor o menor buena gana) tratamos de hallar posibles valores en la manifestación de un arte a nuestro juicio fallido.
La fantasía y la subcreación
…La mente del hombre tiene capacidad para formar imágenes de cosas que no están de hecho presentes. La facultad de concebir imágenes recibe o recibió el nombre lógico de Imaginación. Pero en los últimos tiempos y en el lenguaje especializado, no en el de todos los días, se ha venido considerando a la Imaginación como algo superior a la mera formación de imágenes, adscrito al campo operacional de lo Fantasioso, forma reducida y peyorativa del viejo término Fantasía; se está haciendo, pues, un intento para reducir, yo diría que de forma inadecuada, la Imaginación al “poder de otorgar a las criaturas de ficción la consistencia interna de la realidad”.
…El logro de la expresión que proporciona (o al menos así lo parece) “la consistencia interna de la realidad” es ciertamente otra cosa, otro aspecto, que necesita un nombre distinto: el de Arte, el eslabón operacional entre la Imaginación y el resultado final, la Subcreación. Para el fin que ahora me propongo preciso de un término que sea capaz de abarcar a la vez el mismísimo Arte Subcreativo y la cualidad de sorpresa y asombro expositivos que se derivan de la imagen: una cualidad esencial en los cuentos de hadas.
texto completo http://bcehricardogaribay.com/2011/08/25/sobre-el-cuento-de-hadas-j-r-r-tolkien/










