Nos hemos convertido en cyborgs. El tercer milenio, tan propicio para declaraciones atrevidas, nos sorprendió ya enredados en cables y con los dedos entregados a la ansiedad del control remoto más que el viejo habito de hurgarse la nariz. La dependencia a toda clase de extensiones, prótesis y muletas tecnológicas, el perverso sometimiento al que nos tienen condenados nuestras creaciones, todos los dispositivos y artilugios diseñados para aumentar nuestras capacidades y disminuir el esfuerzo, es una dependencia añeja pero a últimas fechas imparable, que comenzó cuando el primer homo habilis afiló una piedra para partirle el cráneo a sus semejantes con mayor facilidad.
Según la caracterización de M.E. Clynes y N.S. Kline, que data de la década de los sesenta, un cyborg es aquel organismo cuya vida sería inconcebible sin la tecnología, todo ser humano que no podría sobrevivir sin asistencia mecánica. En aquel entonces cuando el par de científicos creó el concepto y delineó las condiciones que marcarían nuestro salto a la condición híbrida, prosperaba el jipismo, desde todos los rincones se escuchaban llamados hacia una vuelta a la naturaleza y a lo rustico y quizás esa atmósfera bucólica y libertaria, envuelta en nubes de humo alucinógeno, empañó la percepción de que en realidad ya nadie puede pasar un fin de semana en el campo sin acudir a toda suerte de aparatos sofisticados.
“Un dios con prótesis” así definió Freud al hombre en El malestar de la cultura. Gracias a las continuaciones artificiales del cuerpo pudimos dejar de mecernos para toda la eternidad en las ramas de los árboles y convertirnos en aquellos dioses magníficos que pisaron la luna: el problema es que una vez que nos vemos despojados de ese arropamiento, de esa coraza metálica, como expulsados de un nuevo paraíso, caemos en un estado de auténtica desnudez ontológica. La grandeza de un animal que cifra buena parte de su bienestar en la corriente eléctrica no puede ser sino la de un animal vulnerable y limitado.
Quizás por que asociamos la figura del cyborg con cables que se conectan a la nuca, con sondas que descargan los fluidos corporales, con micro chips intercambiables en la glándula pineal, todavía no nos reconocemos en nuestra nueva condición híbrida, mitad orgánica, y mitad sintética. Más allá de los ejemplos concretos de individuos que solo pueden subsistir gracias a la cibernética. Si interpretamos la definición original de cyborg con suficiente laxitud, en verdad son muy pocos los que a estas alturas podrían sobrevivir sin la tecnología… y quien esté libre de culpa que arroje el primer teléfono celular.
Los coches son en realidad prótesis a las que el cuerpo debe adaptarse, como el manco a su brazo mecánico, y el siglo XX no fue más que un largo aprendizaje para hacer cada vez más perfecto el acoplamiento. Todo aquel que confunde la palanca de velocidades con una especie de cetro, que no puede vivir sin la adrenalina de pisar el acelerador, es para todos los efectos un cyborg, un centauro con ruedas, un organismo contaminante que ha extendido los limites de su cuerpo hasta el cromo de su defensa delantera.
En calidad de automovilista uno se da cuenta de que para manejar un coche es necesario que nuestra conciencia se abra. Esta manera de plantear el asunto resulta un poco chocante, pero, ¿de que otra manera podríamos medir la distancia en medio flujo vehicular sin estamparnos todos los días? ¿Cómo podríamos alcanzar el milagro de estacionarnos en un pequeño lugar en la calle si no es gracias a que la carrocería se ha vuelto parte de nosotros?
La in-corporación de la tecnología a nuestra vida es menos metafórica de lo que aún estamos dispuestos a aceptar. Aunque no lo asimilemos del todo, la capacidad de extender los sentidos mas allá de los limites del propio cuerpo es una manera enrevesada de decir que nuestro cuerpo no esta delimitado por nuestra piel. El cuerpo del hombre es cada vez más proteico y cambiante. La plasticidad del cerebro, su morfología plegable y telescópica, ha hecho que se desdibujen las fronteras entra naturaleza y artificio.
Aunque para mucha gente es ya imposible sostenerse de pie sin ninguna de estas prótesis, todavía perdura cierto temor a dar el salto hacia la total hibridación; una especie de resistencia atávica que hace que todavía seamos torpes en la anexión definitiva de lo mecánico en nuestro cuerpo físico. Como tiesos muñecos de hojalata, todavía es muy difícil dar un paso sin enredarnos en la tecnología, sin quedar atrapados en su absurda lógica binaria. Hasta que no nos veamos al espejo como lo que somos: cyborgs de cuerpos escalables, estructuras de carne con ranuras, piezas de un ensamblaje con lo que vendrá, no dejaremos de combatir a las maquinas, de sentir hostilidad y reticencia frente a sus aportes y su gélido sarcasmo. Solo entonces parafraseando a Gómez de la Serna, dejaremos de ser las victimas de la astuta sublevación de los objetos inanimados.










