Oscar Sarquiz
El generalizado beneplácito internacional por el reciente otorgamiento del prestigioso premio Príncipe de Asturias a una figura de los 60 tan influyente y activa aún en el siglo XXI da paso a una duda: ¿por qué premiar tan tarde a Leonard Cohen? Trasluce el tardío arribo de esta distinción, como las antes otorgadas al neoseptuagenario Bob Dylan, y a su colega y descendiente Patti Smith por la Real Academia Sueca de Música, que los grupos seleccionadores y calificadores de las instancias correspondientes incluyen ahora boomers hijos de postguerra cuya experiencia vital aquilata al fin las extraordinarias síntesis músico literarias que han logrado estos artistas, y tantos más que en todo el mundo han seguido sus pasos.
Tercero en el ilustre podio musical que preside Dylan, seguido por el prolífico y aún activo Paul Simon, el veterano bardo canadiense les supera en labor literaria: el joven montrealense publicó por primera vez cuando Bobby Zimmerman trocaba apenas su apellido por el nombre del poeta Dylan Thomas para “unirse a Little Richard” y Paul recién se lanzaba con Art Garfunkel en pos de la fama pop bajo el pueril nombre artístico de Tom & Jerry. Aunque coqueteó desde temprana edad con la música campirana que le rodeaba, no empezó a cantar sus composiciones musicales, menos a grabarlas, sino después de publicar exitosamente varios libros. Sus logros literarios superan los muy trastabillantes del primero (el segundo, más prudente, sólo arriesgó fracasos sucesivos en Hollywood y Broadway), comparables con libretistas operáticos de otra esfera cultural y musical, como Stefan Zweig.
Leonard Norman Cohen nació en 1934 en una familia de clase media del suburbio montrealense Westmount, un año antes que Elvis Presley y su primer émulo canadiense, Ronnie “The Hawk” Hawkins, (temprano preceptor de The Band). Hijo de un ingeniero dedicado al estereotipo étnico: la venta de géneros, y quien falleció en 1943; criado en adelante por su madre, recibió de ella temprano gusto por la poesía y aliento para sus primeras incursiones sobre la página.
El entorno intelectualmente progresista en que ella le crió abrió intereses, uno de ellos la música, que intentó iniciándose en guitarra a los 13 años por la más común de las razones: impresionar a una chica. Su primer grupo, Buckskin Boys, saltó de la escuela a los cafés locales, pero su inscripción en la licenciatura en Letras Inglesas de la Universidad McGill le decidió a dedicarse de lleno a la poesía, inserto en la diminuta escena bohemia de la comunidad. Aunque sus calificaciones no predijeron acierto vocacional, ganó el premio McNaughton a la creatividad literaria en 1955, a tiempo para su graduación.
Al año siguiente, mientras Elvis Presley copaba la fama musical, Leonard publicó su primer tomo de poesía, Let us compare mythologies, que obtuvo entusiastas reseñas, pero vendió escasamente. Dylan surgía como apenas otro aspirante en la efervescente escena folk de Greenwich Village cuando Cohen publicó su segundo libro, The spice book of earth (1961) que se convirtió en éxito crítico y comercial y le estableció como nueva y prominente figura literaria internacional.
Intentó el negocio familiar, pasó por la Universidad Columbia en la Urbe de Hierro, pero la escritura era ya su ocupación principal; regalías, becas y herencia le desahogaron económicamente para viajar por el mundo y disfrutar experiencias como la naciente y aún legal sicodelia. Su dhármico vagabundeo le llevó a establecerse largo tiempo en la isla Hydra del mar Egeo, concentración que le permitió escribir y publicar luego un par de de tomos de poesía, Flowers for Hitler (1964) y Parasites of heaven(1966) y dos novelas, The favorite game (1963), memoria personal de su niñez y Beautiful losers (1966). Esta última le puso entre autores internacionalmente reconocidos; comparado con James Joyce, generó ventas multimilenarias durante cuatro décadas.
Al aislamiento isleño siguió un periodo errabundo, acorde a su naturaleza iconoclasta. La natural distancia que mantuvo de la música popular desde los años 40 se combinó con esto para brindarle una voz creadora única. Ni su inmersión en el tradicional entorno musical de Nashville, mediando los años 60, le troqueló como un mero compositor más en la conservadora meca del country.
Eso le hubiese resultado fuerte impedimento a no ser por la bellísima cantante folk Judy Collins, cuya extraordinaria voz fue el vehículo que puso en el mapa a la inspirada Joni Mitchell con su exitosa versión de The circle game. La ojiazul beldad hizo lo mismo por Cohen al incluir Suzanne y Dress rehearsal rag en su álbum In my life, donde versionó controversialmente el tema Beatle.
La musa de Crosby, Stills & Nash persuadió además al maduro escritor a regresar al escenario que no pisaba desde su adolescencia, cosa que hizo nada menos que en el propio Newport Folk Festival donde nació la leyenda de Dylan electrificado. Su comparecencia en el mismo escenario donde Muddy Waters saltó la barrera racial le permitió ser escuchado por el legendario descubridor de talentos John Hammond padre, veterano colaborador de Billie Holiday, Benny Goodman y Count Basie y descubridor de talentos desde Bob Dylan hasta Bruce Springsteen. Enrachado, la siguió con dos sucesivos conciertos neoyorkinos de localidades agotadas, y un estelar en el capítulo Ladies and gentlemen, Mr. Leonard Cohen de la serie televisiva Camera Three.
Hammond lo contrató y John Simon produjo con tino su debut The songs of Leonard Cohen, lanzado a fines de 1967 y que acometió exitosamente el reto de aprovechar el contagiosamente dolido monótono de su honda voz a favor de material tan personal, saturado de imágenes oscuras que develan revelaciones perturbadoras. Su producción austera y temática melancólica, lejos de lastrarlo, le convirtieron en sorprendente éxito instantáneo en contexto no sólo folk, sino de cientos de miles de universitarios que se transmutaron en siempre creciente grupo de devotos seguidores.
Tan auspicioso debut marca su mayor aproximación histórica al éxito masivo. Su actividad musical no descuidó su escritura. Al año siguiente Selected poems: 1965-1968, ameritó la presea Governor General, máxima distinción literaria canadiense, que Cohen declinó por sentirse más parte del ámbito rockero, desde que residía en el legendario Hotel Chelsea neoyorkino donde famosamente quiso topar a Brigitte Bardot, pero halló en cambio a Janis Joplin, temporal amante e inspiración.
Tal vez fue ese encuentro clave de la acrecentada melancolía que abruma su siguiente álbum, Songs from a room (1969) cuyo talante depresivo prefigura emos. La producción cuasiminimalista de Bob Johnston resultó menos atractiva, sus reseñas menos entusiastas y sus ventas menores, pese a incluir su clásica y celebrada Bird on the wire y la ambiciosa parábola bíblica The story of Isaac, tan relevante para Vietnam como para Iraq y que se tornaría uno de sus clásicos en la interpretación en concierto que grabó en 1972 en Berlín.
Como Dylan, Leonard Cohen no es artista de mayorías ni en escena ni en el estudio de grabación, pero la fuerza de su pluma, su cavernosa voz, sonido propio y trascendente influencia le colocan en primera fila entre los rockeros, posición harto improbable entonces para un escritor de 35 años, que compartió en Festival de la Isla de Wight 1970 con Jimi Hendrix y los Doors, Miles Davis y Emerson, Lake & Palmer, tan valiente como sólo Joni Mitchell al afrontar 600 mil personas sin más apoyo que su guitarra y dos coristas.
Se ha ganado un nicho único en el mundo musical como autor e intérprete que puede permitirse desarrollar y crecer a sus canciones a través de los años. La distintiva falta de comercialidad de su voz es parte del atractivo que ejerce sobre un creciente círculo de escuchas discernientes, para quienes oírlo es un acto de intimidad multiplicado por cientos de miles, como antes Dylan.
Su tercer álbum Songs of love and hate, de 1971, fue el más potente, con letras incisivas y música punzante pese al enfoque minimalista que soslaya cuerdas y coros. Su tono vocal austero y a menudo amarga temática de sus letras confirmaban que no sería ídolo pop; pocos trabajos tan oscuros se lanzaron ese año. Muchos padres de precoces adolescentes sesenteros deben haberse preguntado por qué sus brillantes hijos que descollaban en clase veneraban a tan sombrío bardo. (No sólo ellos; Robert Altman usó sus canciones para musicalizar su malhadada y muy personal cinta McCabe and Mrs. Miller).
En 1972 publicó su cuarta colección de poesía, The energy of slaves y al año siguiente el compendio en directo Leonard Cohen: live songs recopiló momentos escénicos memorables de su carrera desde 1969 y fortificó su devoto cultismo. En 1973 sus canciones llegaron al teatro con la puesta en escena de Gene Lesser Sisters of mercy, alegoría libre sobre la vida del cantautor. Giró la Unión Americana, Europa e Israel, en plena guerra del Yom Kippur. Colaboró luego con su pianista y arreglista John Lissauer, quien produjo con su álbum 1974, New skin for the old ceremony, su marco musical más exuberante hasta entonces, mostrando su potencial pop sin abandonar su llana melancolía.
Primera antología de más de una docena, The best of Leonard Cohen recuperó en 1975 temas suyos popularizados por otros artistas; interacción libremente buscada por el artista que se volvió trascendente a partir de que alternó con la compositora profesional Jennifer Warnes, con quien tendría colaboraciones clave la década siguiente. Su imagen oscura y misteriosa iba develando al imán de atención femenina que avala el romanticismo de sus canciones.
Riesgo implícito en tanta apertura quedó plasmado en su álbum 1977 Death of a ladies man, cuyo irónico título se burla hoy del desacierto de poner a uno de los cantautores más exitosamente minimalistas en manos del sobreproductor más notorio, irredento y exitoso de la historia: el actual convicto de homicidio Phil Spector. Autoritario y voluntarioso, el diminuto creador del wall of sound que dio alas orquestales al pop sesentero mezcló el álbum por su cuenta y jamás consultó al artista sobre el sonido denso y deliberadamente imponente en que ahogó la depresiva personalidad vocal de Cohen, disminuida además por uso no autorizado de las vocalizaciones “guía” que creía desechables. Por primera vez en una carrera consistentemente exitosa, sus limitaciones vocales dejaron de ser un atributo para perfilarse como defecto.
Su inconformidad con el álbum fue elocuente, pero aún así sus seguidores lo adquirieron, así que recicló el título para dignificarlo con un nuevo libro homónimo. Su siguiente grabación, Recent songs (1979), regresó a los austeros entornos de sus álbumes previos de la mano de Henry Lewy, ex productor de su compatriota y colega Joni Mitchell quien logró restaurar la magia de su voz plana pero expresiva, atrayente y hasta bella en relatos de vidas, amores y relaciones cada vez más amigables al pop.
En 1984 publicó su tomo de poesía religiosa The book of mercy y Various positions, su álbum más accesible hasta entonces. Grabado con Warnes, el aparejamiento místico y erótico de sus contrastantes voces evoca las del viejo réprobo francés Serge Gainsborough y su joven amante Jane Birkin, quienes en 1969 pusieron gemidos amatorios y sonoro orgasmo en listas de popularidad. Cohen se aventuró luego al ámbito cinematográfico para escribir y dirigir su corto I am a hotel, y musicalizar la cinta conceptual Night magic, que obtuvo el premio canadiense Juno 1985 a la mejor partitura original. Anticlimáticamente, el álbum pasó inadvertido, alejándole de la música; su ausencia fue cubierta por un nuevo álbum de Warnes Famous blue raincoat, cuyas accesibles versiones de su material sirvieron de introducción para una nueva generación de escuchas.
I’m your man (1988) sorprendió gratamente, no sólo por su producción inesperadamente electrónica, sino por un sentido del humor cuya oscura ironía aligeró su habitual pesimismo poético y le redituó su álbum mejor vendido en más de una década. Termómetro del periodo, el álbum “tributo” I’m your fan: the songs of Leonard Cohen confirmó con sendas versiones de sus temas la admiración de artistas tan significativos como John Cale, su discípulo Nick Cave, Pixies y R.E.M. por un sexagenario mayormente desconocido por sus fans.
Crecido y seguro, Cohen se aventuró en 1992 con The future, álbum en que abordó los peligros inminentes (y, cabe reconocer, tristemente insuperados) que afrontaría la humanidad en días y décadas por venir. De espaldas a factores de popularidad en boga, logró aún ventas suficientes entre sus viejos y nuevos conversos para auspiciar el lanzamiento en 1994 de su segunda grabación en directo, Cohen live, extraída de sus giras recientes. Al año siguiente, otra colección de tributos, Tower of song, sumó los nombres de Peter Gabriel, Bono, Elton John, Billy Joel y Tori Amos a los de sus muchos homenajeantes.
En medio de todo este reconocimiento, Leonard Cohen entró en una nueva fase de su vida: sus preocupaciones religiosas estuvieron siempre tan presentes como las eróticas y sentimentales en su trabajo, pero sorprendió su decisión de internarse en el Centro Zen Monte Baldy, retiro budista californiano del que se ordenó monje a fin de década. La experiencia fue estimulante, pues reapareció en 1999 con docenas de canciones y poesías por compartir en nuevas colaboraciones: la cantautora Sharon Robinson produjo su siguiente álbum, Ten new songs, y del pasado resurgieron también Field commander Cohen: tour of 1979, que rescata grabaciones en concierto de 22 años antes, y su propia edición de autor fonográfica Koln 1988.
Iconoclasta inveterado, celebró su llegada a la septuagenariedad lanzando en 2004 uno de los más controversiales álbumes de su carrera, Dear heather, donde revela una voz aún más profunda y limitada en rango y la novedad de canciones para las que escribió letra, no música, en su trabajo más personal hasta ahora. Esta tendencia se extremó aún más en la grabación en directo de la musicalización de Philip Glass para las poesías de su Book of longing, donde sólo lee, rodeado por un ensamble instrumental y vocal, y confirma que pese a tantas versiones acertadas, sigue siendo su propio mejor intérprete.
Mientras su calidad artística se veía así reafirmada, el depredador negocio musical reveló su rostro oculto cuando Leonard Cohen tuvo que demandar a su representante y asesor financiero por malversación de más de cinco millones de dólares que se apropió aprovechando su retiro budista. Esto, sumado al daño pecuniario que le inflingió su último divorcio es, tristemente, la razón de que el mundo haya podido disfrutar aún en este siglo la presencia en concierto de un hombre que con 77 años a cuestas trabaja por estricta necesidad económica.
Gloria nacional, artista mundial, Leonard Cohen no requería del magno reconocimiento literario hispano para avalarle; pero la suma que acompaña a la distinción abonará a su tranquilidad, y el respeto y atención que amerita desde los años 60 de su aparición permanecen, no constantes sino crecientes, conforme más escuchas y lectores, confirman el origen de tanta admiración y longevidad. Más que mero sobreviviente, es un guía cuya obra, como su persona, parece más allá del tiempo y la entropía.
A más de leerle, lo apropiado en este momento, quienes tenemos poca oportunidad de conocer su aclamada presencia escénica podemos acceder a ella mediante el concierto y semblanza fílmica Leonard Cohen: I’m your man, del director Lian Lunson; el directo Live in London, grabado en 2009, y el DVD/CD Songs from the road, que documenta aspectos de su clamorosa gira 2008, que abarcó 84 conciertos y colmó más de setecientas mil butacas.
Laberinto. 11/06/2011










