Narración interplanetaria (1810)
Un relato de ciencia-ficción de principios del siglo XIX.
Este extraordinario cuento apareció en el Diario de México en julio de 1810. Su autor anónimo, siguiendo el estilo del legendario Cyrano de Bergerac, describe las complicadas relaciones entre los moradores de distintos planetas.
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“Homenaje al cometa Halley”. Grabado de Felipe Lamadrid
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Los moradores del globo de Júpiter, gente muy resuelta y determinada, tuvieron valor para viajar por los aires y llegar al globo de la Luna, de donde sacaron inmensa cantidad de plata.
Los habitantes de Saturno, en donde el estaño se cría con abundancia, celosos de la feliz empresa de los de Júpiter, dijeron entre sí: “Pues nosotros abundamos en estaño, hagamos varias invenciones de él y las trocaremos por los metales preciosos que tienen los de Júpiter.”
Estos se dejaron seducir de tal manera con la hermosura y comodidad de estas invenciones que no sólo les daban los tesoros que habían traído de sus peregrinaciones, sino aun los frutos de su propio planeta.
Los habitantes de Júpiter estuvieron mucho tiempo admirados de hallarse pobres, cuando eran dueños de casi todas las riquezas; pero una mutación extraña corrió el velo a éste tan bonito engaño, y desde entonces dizque comenzaron a gastar lo superfluo en mantener a sus naturales.
Cuando los moradores de Júpiter comenzaban a practicar tan bellas reformas, se entrometió en el gobierno un aparecido príncipe, con un sobrenombre ridículo y demasiado necio, pues creyó que necesitaba de los que vivían en el planeta Mercurio para hacer felices a los de Júpiter, sólo por la oposición que aquéllos tienen con los de Saturno.
El tal ministro sabía muy bien que los de Mercurio padecían una lepra que consistía en unas manchas relucientes pero demasiado apestosas, que (supongo serían como pescado ahumado) provenían de unas exhalaciones del planeta Venus, por acercarse demasiado al Sol, había despedido sobre ellos.
Entraron pues los de Mercurio al planeta Júpiter y en breve tiempo contagiaron innumerables ciudades: ya no se hablaba de reformas: innumerables hospitales eran los que se disponían para curarse; pero siempre empeoraban, porque los de Mercurio no cesaban de venir y entrometerse.
Cuando hete aquí que se aparece un terrible cometa con una formidable cola, que despidiendo un calor excesivo mataba a todos los que se hallaban contagiados y aun lastimaba a algunos sanos. Duró poco este cometa infernal, porque con un movimiento retrógrado volvió hacia el norte.
De aquí nació una revolución, pues los de Júpiter trataban no sólo de separar los buenos y los sanos de los enfermos, sino también de echar fuera del reino a los de Mercurio; pero éstos, más astutos, se habían robado ya (se entiende con qué fin) al jovencito rey, que aunque sano, visitaba casualmente un hospital de los apestados: se lo llevaron hasta Mercurio, y con él a otros enfermos de mucha consideración.
Los que han quedado no saben el camino hasta su planeta, y ahora para huir se guían por un satélite pequeño o fósforo, que dejó el cometa; pero se va apagando mucho, apenas da luz, y si los moradores de Júpiter siguen con firmeza el plan que se han propuesto y empezado, pronto se hallarán libres y sanos.
Sus mejores astrónomos creen que el cometa va a hacer una órbita excéntrica y que no puede sino volver después de mucho tiempo, o quizá nunca, porque han sabido que disminuye su mole. No les queda otra cosa que hacer a los de Júpiter sino cuidarse de los contagiados, unirse con los sanos y tener firmeza.
El Dieciocho de mayo
Carlos Toro
(1910)
Imagen: “El cometa Halley” óleo sobre tela. Tina Monteverde
El día dieciocho del actual la cauda del cometa Halley, cargada de emanaciones de cianógeno, barrerá la tierra acabando con toda la vida animal en ella existente.
(La prensa de mayo de 1910)
Introducción a El dieciocho de mayo
El cometa Halley recibió su nombre a raíz de que, en el año 1759, gracias a los cálculos del astrónomo inglés Edmond Halley (1656-1742), siguiendo las teorías científicas de Newton, la comunidad astronómica aceptó que era un astro que aparecía con una periodicidad de 76 años -periodo que ahora sobemos fluctúa entre 75 y 76 años-. Con la debida explicación científica, fue menos sorpresiva su aparición en 1835, aunque las creencias catastrofistas del vulgo, como siempre, fueron más difíciles de erradicar, si es que alguna vez lo fueron.
Para la visita del cometa en 1910, los preparativos de astrónomos profesionales y aficionados incluyeron las primeras fotografías del fenómeno celeste, que se verían beneficiadas por su mayor cercanía orbital, y el hecho de que el 18 de mayo su cauda saludaría como velo invisible la superficie terrestre. Este último evento disparó la alarma, aún entre la población ilustrada, acerca de la proximidad del fin de la vida en el planeta cuando algunos periódicos hicieron correr la noticia de que el gas de cianógeno que contenía bastaría para que las masas cayeran cual moscas fumigadas, aunque los astrónomos de renombre informaron que la proporción serio tan difusa que se desvanecería sin consecuencias junto con el cometa en la bóveda celeste.
En nuestro país, inconsciente de que el régimen de Porfirio Díaz llegaba a su ocaso, algunos periódicos como El Imparcial, publicaron artículos, en mayo de 1910, que respaldaron las teorías apocalípticas con motivo de la próxima visita del cometa. En lugar de agonizar, hacia la madrugada, por el oriente, entre los meses de abril y mayo, los mexicanos pudieron admirar el astro vagabundo en todo su extraordinario brillo y dimensiones con una cola que parecía infinita. Poco después del estallido de la Revolución, en noviembre, los juglares del pueblo recordaron el fenómeno astronómico que con un semestre de anticipación, según decían, había anunciado la revuelta con estas palabras de un corrido revolucionario: “Cometa, si hubieras sabido / lo que venias anunciando, / nunca hubieras salido / por el cielo relumbrando; / no tienes la culpa tú, / mi Dios, que te lo ha mandado.”
Por las fechas en que todo esto sucedía, el periodista oriundo de Zacatecas, Carlos Toro (1875-1914), publicó “El Dieciocho de Mayo”, cuento en el que recupera, como una fotografía del pensar y el sentir de aquel momento, la atmósfera de inquietud y los intentos desesperados por buscar una salida frente a la inminente catástrofe natural.
Es muy poco lo que sabemos de Carlos Toro. Fue un escritor y periodista que colaboró en El Universal, El Imparcial, El País y El Tiempo. Sufrió prisión por escribir contra el gobierno porfirista y por el mismo motivo fue perseguido en su estado natal. En su novela La cárcel de Belén (que apareció póstumamente, en 1932), reflejó el más crudo retrato de la realidad que le tocó en suerte vivir: “La cárcel es una gran escuela… En ella se ve el reverso de la sociedad, como el de una tapicería, y se aprende cómo está ella tramada y de qué materiales se encuentra construida”. Fuera de la prisión, sin embargo, existía un malestar social entre personalidades como la suya, que no lograban comprender el desarrollo desigual del país salvo en algunos aspectos materiales y en beneficio de unos pocos, como también escribió:
Nuestra época de brutal progreso material no ha procurado, ni siquiera por simulación, desarrollar los espíritus; por el contrario, les ha mustiado y empequeñecido, pisoteando todas las flores sin atender a que ellas representaban los frutos de mañana; ha mancillado el árbol hasta la cima, pretendiéndolo abonar y ahogándolo, en realidad, en una sepultura de fango, matando su savia y destruyendo sus raíces.
Se ha asentado, como máxima fundamental, que la vida es negocio; se ha reído de los que se atrevían a pedir justicia en nombre del espíritu; se ha ultrajado a todos los que no piensan únicamente en acumular oro.
Ante el poder y la riqueza, la virtud se ha llamado necedad; el talento, soberbia; la justicia, rebelión.
Mientras otros personajes buscaron el remedio al estado de cosas con el movimiento que ahora conocemos como Revolución mexicana, Carlos Toro siguió luchando con la pluma en lugar de empuñar el fusil. También fue autor de La fórmula Díaz-Corral y el porvenir de la República (1913), La caída de Madero por la revolución Felicista (1913), la novela Vencedores y vencidos (1918) y Pedruscos recogidos en la sombra (1938). En sus visitas a Zacatecas y Aguascalientes, y en sus retiros a algunas haciendas del interior del país, escribió muchos otros trabajos, los cuales siguen inéditos, entre ellos, una biografía de Miguel Hidalgo, varias poesías y una novela de ciencia ficción titulada México en el año 3000, aunque ésta y muchos otros escritos no han sido localizados todavía. La Secretaría de Educación Pública reunió gran parte de sus obras cortas y las publicó con el título de El miedo (algunos cuentos), (1947), de donde hemos tomado este trabajo.
Miguel Ángel Fernández Delgado
INEHRM
(Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México)
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El Dieciocho de Mayo
Carlos Toro
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(Una gran mancha de sangre oculta y borra las primeras líneas del manuscrito.)
Lunes 16.- ayer fuimos a pasear Marina y yo por Chapultepec………… inútil………… pobre obrero y de Marina cuya belleza que las sedas y los encajes harían casi sublime, pasa inadvertida en las galas humildes de su pobreza… una voz formidable dentro de mi gritaba: “¡tres días, sólo tres días y tus humillaciones tendrán el más terrorífico desquite que pueda haber soñado el rencor humano!” Dentro de tres días estaremos solos… solos ¡en la inmensa ciudad cubierta de cadáveres!
Y al regreso, apretados en la plataforma del tren, entre burgueses despreciativos; ofendidos por miradas hostiles para mí, codiciosas e insultantes para ella, una sonrisa, una serena y altiva sonrisa de felicidad que hacia volver el rostro a más de cuatro que de seguro me creían ebrio, vagaba por mis labios…
Martes 17.- Hoy he hecho la última prueba, la decisiva. Una sola hendidura, un orificio pequeño como la punta de un alfiler y mi plan fracasaba por completo; pero la obra es perfecta, y después de haber visto muertos en la cámara a los dos gatos que había encerrado antes de hacer el vacío en ella, la segundad del triunfo me ha visitado. Es cierto que el lugar es estrecho e incómodo, pero albergará bastante bien a dos personas, ¡A más de que se trata únicamente de unas cuantas horas de molestia a trueque de ser dueños de la ciudad!
Después de la prueba del vacío, he hecho la contraria. En el cuarto que contiene la cámara he encendido dos braseros, tras de cerrarlo herméticamente, y luego me he introducido en aquélla inyectando el oxigeno con la bomba. También esta prueba ha salido perfecta. ¡Ya nada podrá detenerme!
Marina no sabe nada; es necesario que lo ignore todo hasta después del éxito; si no fuera así, tal vez su pobre alma tímida de mujer se horrorizaría y no querría consentir en la gloriosa prueba.
Le he dicho, al contrario que, puesta que la muerte es irremisible, debemos afrontarla serena y alegremente: que nuestros dos cadáveres deben permanecer juntos hasta que el globo terrestre desaparezca del espacio y ella, temblorosa de terror y de emoción, ha consentido en esa postrera noche de amor, que será por el contrario la primera de nuestra resurrección a una vida disforme y solitaria cuyo solo pensamiento extravía mi imaginación…
18 de Mayo.- Dormíamos los dos estrechamente unidos en el pequeño camarote, cuando Marina ha despertado medio sofocada, porque empezaba a faltar el oxigeno. ¡Ya era tiempo! Yo apenas he tenido el necesario para hacer funcionar la bomba, antes que estuviera agotada del todo la provisión de aire respirable. Marina, extrañada y asustada, me ha dicho: “¿qué haces?”, y yo sin dejar mi tarea y un poco alarmado por el extraño silencio, le he contestado: “Ya lo sabrás luego”. Una maravillosa quietud cuajada de estupores nos rodeaba. Parecía como si el mundo hubiese dejado de rodar en el vacío. La lámpara incandescente que había quedado ardiendo en el cuarto, alumbraba aún, pero, cosa extraña, su luz era de un violeta intenso y rojizo que lastimaba la vista. ¿Cómo saber si la hora del peligro había pasado?… Marina, sobrecogida por un presentimiento, sollozaba: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué no hemos muerto? ¿Iremos acaso a quedarnos solos… solos en el mundo?”
Temeroso de asustarla más, no quise contestar una palabra. La luz violeta de la lámpara seguía ardiendo con el pavoroso fulgor de una vela junta a un ataúd, pareciendo ser la única cosa viva en el aplastador silencio circundante. Si hubiera estado a mi alcance la habría apagado; pero aun no osaba salir a una atmósfera tal vez irrespirable.
Pasó algún tiempo (¿horas?, ¿minutos? No lo sé…) Marina seguía llorando acurrucada en un rincón, en un extravío de bestia castigada, inaccesible a ruegos ni razones, horrorizándose con la sospecha de que hubiera perdido el juicio, y la lámpara ardía iluminando con su mortuorio resplandor la estancia.
En un momento dado un furor de locura sacudió mi cerebro. ¡Que muramos nosotros también, y qué! Y con violento impulso rasgué con mi navaja una de las paredes de tafetán engomado del camarote. Una vaga sensación de opresión en los pulmones… ¡una especie de insoportable deslumbramiento al comprender que mí plan se había realizado!
Balbuciente, convulso, me volví a Marina y le grité:
-¡Estamos libres, solos, ricos!
Pero ella sin entenderme, ni tal vez oírme, aventuraba una mirada extraviada y un paso vacilante e incierto hacia la abertura del camarote.
Sosteniéndola por un brazo, en el que percibió mi mano los latidos de su pulso Febril, la hice salir de la habitación.
En la casa nada pareció haber cambiado. Un perrillo de lanas de la pariera simulaba dormir como siempre junio a la pileta, en medio del patio; en las puertas de algunas viviendas se veían los grupos familiares de los vecinos… pero, al acercarnos a ellos, los ojos de Marina se redondearon de espanto y un terrible grito salió de sus convulsos labios:
-Muertos… ¡todos muertos!…
Viendo que sus rodillas se doblaban, negándose a sostenerla, la tomé en mis brazos y salí con ella a la calle.
Singular era su aspecto. Los grupos de transeúntes, los coches, los automóviles, los tranvías aparecían como de ordinario, pero sin que se supiera por qué parecían como más pequeños, como derribados o Fundidos sobre si mismos. En algunos balcones colgaban hombres y mujeres con los brazos pendientes hacia lo calle, como títeres rotos por en medio del cuerpo. Otros sobre las banquetas habían caído a medias y se sostenían semejantes a camaradas ebrios. Los caballos de los trenes pareció como que hubiesen resbalado y que hicieran un impulso para levantarse; uno de ellos tendía el cuello hacia el cielo como si relinchase sin descanso… Un escalofrío agudísimo recorrió mi médula. Marina se había desmayado y yo, viendo su rostro exangüe con sombras azuladas, penetré en la taberna de la esquina. Dos bebedores habían quedado muertos jugando a los dados, los rostros caídos sobre la mesa dejando ver una sonrisa hinchada y el cantinero, de espaldas contra el escaparate de las botellas, miraba con sus ojos sin luz hacia la puerta, como si esperase parroquianos.
Venciendo mi temerosa repugnancia, alargué el brazo para coger una botella de cognac, le rompí el cuello contra la arista del mostrador y la acerqué a los labios entumidos de marina, haciéndola tragar a la Fuerza casi la mitad del contenido, sin que por eso diera señales de vida. Sin embargo, su corazón, aunque débilmente, latía junto a mi pecho y esto me confortaba en mi estupor.
Al salir de allí, con el automatismo de una resolución incrustada en mi cerebro muchos meses antes, tomé la dirección de las calles del centro, aquí los grupos de cadáveres eran más numerosos y compactos. Damas envueltas en ricos trajes de seda yacían por el suelo junto a papeleros y mendigos. Había ancianos caídos de bruces sobre el asfalto, niños reclinados contra la pared como si jugaran, mozalbetes de pie, sujetos a los barrotes metálicos de los aparadores, en el silencio y la quietud inconcebible de una ciudad poblada de inmóviles muñecos o fantasmas de rostros convulsionados, de mejillas vinosas, de grandes ojos saltados por la angustio o por el espanto…
Yendo sin rumbo, con mi inerte carga a cuestas, me daba prisa, como si acudiera a una cita imprescindible. Un centelleo de oro en el escaparate de un cambista detuvo mis miradas y con la Fiebre de una Fiesta sedienta, entré en la tienda, sin advertir apenas el cadáver de un cliente que sujetaba un billete con la diestra, ni el del patrono que le ofrecía un puñado de monedas con una escultural sonrisa de espectro; rompí de un puñetazo los crisoles y llené de oro mis bolsillos.
Sólo al salir de nuevo a la visión pesadillesca de la calle, advertí el tenebroso ridículo de mi acción. ¡Oro! ¿Para qué? ¡Mi correr apresurado! ¿Para qué? La función de lo riqueza, puramente social, había cesado para mi y mi compañera. El lujo, las joyas, cuanto constituye el orgullo de los opulentos, eran inútiles para dos seres aislados que no necesitan ya más que comer y abrigarse… V, mientras un sudor frío me inundaba el rostro, advertí que lo que buscaba sin darme cuenta de ello, eran seres humanos vivos…
¡Vivos! ¡Si como yo lo había querido ya no había nadie en la ciudad que respirara más que Marina y yo!
En ese momento, como disparos hechos contra mí tras de una esquina, los relojes de los templos y de las casas de comercio, comenzaron a tañer las doce del día.
Una angustia loca, un terror irrazonado de matoide (sic) me envolvió como un abrazo de hielo, y hubiera echado a correr aullando, si en ese mismo instante no abre Marina los ojos.
-¿Qué ha ocurrido? -fue la primera pregunta que vino a sus labios. Y yo, para evitar el desorden de su imaginación ante el espectáculo terrible, le cubrí el rostro con mi blusa, diciéndole:
-No es nada, calla… espera. Has estado mal.
Pero ella, con violento ademán, rasgó la blusa, miró la terrible quietud circundante y gañendo como una loba, se puso en pie de un salto y echó a correr sorteando los grupos de cadáveres.
Comenzó la persecución odiosa.
Ella corría, corría sin que cesara su lúgubre alarido que parecía llenar la ciudad muerta y yo excitado, jadeante, saltaba tras ella sin mirar dónde pisaba, aplastando al azar la faz de un niño o la mano entendida de una doncella.
Casi al llegar a mercaderes, Marina tropezó y cayó al suelo y en el instante estuve yo sobre ella sujetándola, estrechándola, exasperado.
-¿Por qué corres?, ¿qué tienes?- murmuraba con voz ronca.
-Quiero morir… ¡morir!-sollozaba ella mirando al cielo con ojos enjaulados.
Mis brazos no dejaron de apretar hasta que un sordo estertor sonó en la garganta de Marina. Entonces solté su cuerpo y éste se deslizó suavemente sobre el asfalto… ¡muerto!
Aquel cadáver añadido por mí a los millares de ellos que me rodeaban, me pareció que ocupaba el Universo. ¡Me había quedado solo, bajo el inmenso cielo!
Comencé a andar de aquí para allí, con la inseguridad del asesino que pretende ocultarse; evitando la mirada estupefacta de los muertos, y sin atreverme a volver el rostro, seguro de encontrar, si tal hiciera, las silenciosas carcajadas con que seguían el curso de mi fuga, hasta que por fin, fatigado y hambriento, llegué de noche a refugiarme en este barrio, abandonado, donde casi no hay cadáveres.
Escondido (¿De quién? De ellos, de los yertos cadáveres de mirada maligna), escondido en esta tienda solitaria de la que no salgo sino por las noches, he empezado a escribir la continuación de mis memorias de estos espantosos días. ¿Para quién? Para nadie… aunque tal vez la catástrofe no haya abarcado el mundo entero. ¡Quién sabe si dentro de algunos días, extranjeros, hombres de luengos países, vengan en busca de las riquezas que yo soñaba poseer, y encuentren en estos renglones la prueba que quiero darme a mi mismo de que mi razón que Flaqueara por un instante, no me ha abandonado en los últimos momentos de mi vida!
Y sin embargo, por las noches, cuando percibo la horrible peste de los cadáveres, que inficiona el ambiente, no puedo contenerme y salgo a aullar a la plazuela como una hiena hambrienta…
Ven, compañero, amigo, hermano… ¡Revólver… tú vas a libertarme!…
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Proyecto interdisciplinario de la Facultad de Humanidades de la UABC Tijuana, dedicada a experimentar con formatos, disciplinas, procesos y saberes desde la frontera. Director Pepe Rojo
Para mayor información del proyecto, los autores y la ciencia ficción hecha en México, visita
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