Margarita Michelena
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Nombre familiar para los amantes de la mejor poesía contemporánea, figura en diversas antologías editadas en México, España y Argentina, es considerada por muchos como la mejor y más culta escritora del siglo XX mexicano. Solía decir “mi verdadera biografía está en mis versos”. Afirmaba que su poesía era ontológica, dirigida al ser humano y hecha por un ser humano.
Pachuqueña de excepción nació el 21 de julio de 1917, hija de padres españoles. De su infancia destacamos esta prueba de su agudeza, “Margarita tenía actitudes que daban noticia de su inteligencia -nos cuenta Aidé Cervantes Chapa- En aquella época tuvo un vecino al que le regalaron un tambor que tocaba mañana, tarde y noche. Harta del ruido, la niña dijo a su vecino ‘qué bonito tambor ¿ya viste lo que tiene dentro?’ Y se acabó el problema del tambor”.
Estudió en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, comenzó su carrera literaria en la revista América, bajo la dirección de Efrén Hernández, dirigió la revista de difusión literaria El libro y el pueblo de la SEP, editorialista de Novedades y combativa articulista de Excelsior, colaboradora habitual de la revista Siempre!, fue directora de su suplemento cultural La cultura en México, participó como guionista en la radiodifusora XEW sobre temas del lenguaje.
En 1978 doña Margarita pensando en las mujeres, reunió a varias escritoras y periodistas para crear el primer diario a nivel mundial elaborado exclusivamente para mujeres. Este sueño fue hecho realidad en 1980 al aparecer Cotidiano, cuyo lema era “La expresión de la mujer en la noticia”, su principal objetivo fue dar a conocer las noticias desde el punto de vista femenino. Respecto a su labor periodística, Elena Poniatowska consideró que “ojalá y a los jóvenes periodistas de México se les diera un curso de cómo hacer editoriales y que esa cátedra llevara el nombre de Margarita Michelena”.
En su primer libro Paraíso y Nostalgia (1945), escribió: “Yo vivo siendo una agua de frescura profunda, y consumida siempre en sed inacabable. Estoy íntegra sola, y una sonrisa blanca circula por mi sangre”.
Con Imágenes desterradas (Alí Chumacero), Perseo vencido (Gilberto Owen) y Laurel del ángel de Michelena (1948), Octavio Paz saludó la publicación de “obras que anuncian o presagian la inminente madurez de la poesía que hoy se escribe en México”. (carta a Chumacero, París, 1949). Como crítica circularon en 1959 sus Notas en torno a la poesía mexicana contemporánea.
Publicó Laurel del Ángel (1948), Tres poemas y una nota autobiográfica (1953), La tristeza terrestre (1954), El país más allá de la niebla (1968), Reunión de imágenes, antología (1969), La tragedia en rosa (1976), Dos elegías su último libro de poemas.
Escritora, periodista, crítica literaria, traductora de Baudelaire (Spleen de París, Ediciones Cuadernos Privados), mantuvo colaboraciones en diversas publicaciones nacionales, el diario Cuestión como directora del mismo, y en las revistas Américas de Washington y Casa de la Cultura de Ecuador.
“Su obra cabe entera en un tomo apenas mayor a las 100 páginas. Pero esa Reunión de imágenes, que vio la luz primera en 1969 y que reimprimiría en 1990 el Fondo de Cultura Económica, en el cual recogió sus cuatro poemarios (Paraíso y nostalgia, 1945; Laurel del ángel , 1948; La tristeza terrestre , 1954, y El país más allá de la niebla , 1968), es uno de los libros más significativos de la lírica mexicana; una obra que no tiene página desperdiciada, un libro que ahí donde lo abramos se nos revelará intenso y elevado”, escribió el poeta y crítico Juan Domingo Argüelles.
Margarita Michelena no escribe lo que se llama poesía femenina, los suyos son poemas escritos por una mujer que asume su condición, dice Octavio Paz “los poemas de Margarita Michelena son torres esbeltas, construcciones intelectuales de una sensibilidad inteligente. Introspección, dialéctica interior, sutileza, volutas, juegos de la inteligencia y la sensibilidad; con esos elementos la poetisa crea perfectos objetos verbales de admirable transparencia, poemas que son cristalizaciones del tiempo vivido”. Prólogo a Poesía en Movimiento, México, 1915- 1966.
Las palabras le han sido dadas en prenda divina, y se entrega así a un goce infinito, cada vez que eleva al aire su canto: “No combaten el pájaro y el viento, el pájaro es la música, y el aire su hechizado instrumento”, nos dice en un poema del libro El país más allá de la niebla.
Encomiable en su labor como difusora de las letras, era un espíritu atormentado, deseoso de volver al origen. Un ser espiritual condenado a la esfera terrenal. Su poesía no tiene los lectores que merece, una poeta para poetas la llamó David Huerta. Aparentemente desconocida por los jóvenes lectores, olvidada por la crítica, es necesario difundir sus poemas a la espera de la publicación definitiva de su obra. Margarita Michelena una de las mejores voces de la poesía mexicana falleció en la Ciudad de México el 27 de marzo de 1998.
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Acompaña a esta nota biográfica una breve selección de su poesía. Su obra se localiza en el Fondo Hidalgo.
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Margarita Michelena, poeta
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por María del Rocío González
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La alegría ha de tener dolor;
y el dolor, alegría.
Fausto de Goethe.
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En este artículo quiero señalar, brevemente, sobre la obra poética de Margarita Michelena. Su lirismo ha recorrido las vertientes de lo sagrado, los ámbitos de la existencia y los temas universales: el amor, la muerte y la soledad. La totalidad de su obra evidencia notablemente ribetes de autoconfesión y de un amplio bagaje cultural de la literatura occidental.
Margarita Michelena, poeta, ensayista, crítica literaria, periodista y narradora, en alguna ocasión comentó, en una entrevista concedida a Marco Antonio Campos: “Mi verdadera biografía está en mis versos”.
Su vocación fue el acto poético de la escritura y, como apunta el dramaturgo Roberto Coria, toda obra de arte tiene rasgos autobiográficos, el caso de la autora no es una excepción.
No perteneció a ningún grupo literario, sus contemporáneas fueron Emma Godoy, Griselda Álvarez y Guadalupe Amor. Con Griselda y Pita Amor compartió la predilección por las formas clásicas aunque Michelena empleó el verso libre. Temáticamente, Pita, Godoy y Margarita coincidieron en abordar el tema religioso.
Fue lírica de nacimiento y, ciertamente, de autoformación.
Muy joven se inició en el periodismo como guionista de radio, colaboró y dirigió el suplemento “La Cultura en México” de la revista Siempre!. Suplemento en el que publicaron, también, sus escritos Carlos Monsiváis, Ernesto de la Peña y otros críticos.
De manera paralela e ininterrumpida desarrolló su carrera literaria y periodística. Sus primeros artículos los publicó en la revista América (1949) que por aquella época dirigió Efrén Hernández; publicación donde sacó a la luz, también, sus cuentos iniciales y, en la revista Tira de Colores se dio a conocer como poeta en 1943.
Su ejercicio periodístico diseminado en diversas publicaciones periodísticas examina la producción literaria de autores mexicanos, extranjeros y de los exiliados españoles, principalmente. Sus reflexiones sobre crítica literaria prevalecieron de objetividad y claridad en sus juicios.
En otro orden de ideas, sus textos poéticos tuvieron una buena recepción de la crítica y fueron incluidos en diversas antologías como la de Jesús Arellano, Antología de los cincuenta poetas contemporáneos; la de Antonio Castro Leal, La poesía mexicana; la de Max Aub, Poesía mexicana 1950-1960; el recuento poético religioso de Carlos González Salas, Antología mexicana de poesía religiosa y en la selección que publicaron Octavio Paz, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, Poesía en movimiento. Así como en otras compilaciones aparecen sus colaboraciones líricas.
Las vertientes que confluyen en su lirismo son los temas del amor, la soledad y la muerte. Escribió, también, extensos poemas dedicados a Dios, como señalé líneas arriba. En sus versos religiosos aspira a establecer una profunda religiosidad y una incesante búsqueda y comunión con el Ser Supremo.
La crítica ha puntualizado que en su lírica predominan un pulimento verbal, lugares comunes con frases certeras, un tono intimista, en ocasiones, con frases gastadas pero logrando verter las circunstancias humanas donde expresa su abatimiento existencial. De tono confesional, sobresale por una gran carga expresiva y una intensa emotividad, tónicas que predominan a lo largo de su obra. A lo que Octavio Paz apuntó en alguna ocasión”… en formas diáfanas, alía el pensamiento al sentimiento. Lo que pensamos con los sentidos a lo que sentimos con la cabeza”.
Desde sus textos iniciáticos (Paraíso y nostalgia) se manifiestan estas diversas sensaciones de amor, desamor, la vacuidad del ser, la nostalgia por lo vivido, la visión desencantada de la realidad, el tedio y el hastío.
Circunstancias que a o largo de sus posteriores poemarios: Laurel del ángel, Tres poemas y una autobiografía, La tristeza terrestre y Reunión de imágenes se manifestarán plenamente.
Me interesa establecer, en este ensayo, las marcadas referencias con el libro Las flores del mal de Charles Baudelaire en la lírica de Michelena. Lo que distingue en sus textos poéticos son las afinidades con la poesía baudeleriana aunque no podemos afirmar que es una obra mimética, en términos formales. Sólo mencionaremos las reflexiones que el autor teorizó en su obra y que Michelena las retoma en sus escritos. No es una casualidad que tradujera el Spleen de París y elaborara la selección de algunos de los poemas del crítico francés. Algunos de los juicios que enunció el poeta, Michelena los asume de manera deliberada para expresar con plena conciencia, que frente a las exigencias de la vida moderna y práctica, la sociedad actual manifiesta una actitud nihilista.
Entiendo esta actitud como aquella que se hace evidente, en el individuo que está inmerso en una sociedad consumista, atrapado por lo febril y demandante de la vida moderna. Convirtiéndose éste en un hombre masa y perdiendo su individualidad.
Es de subrayar, que la autora inserta a su obra, ciertos temas baudelerianos para expresar la condición que la que vive el hombre del siglo veinte amén de sus propias revelaciones existenciales en poemas como “Nocturno en ruinas”.
Una de las aseveraciones que Baudelaire subrayó enfáticamente fue esta pérdida de la individualidad del hombre, reflexión que la autora testifica en el poema “Monólogo del despierto”:
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Estamos ya arrasados, detenidos,
fuera ya de nosotros, sin ribera ni centro,
sin nombre ni memoria,
perdida ya la clave del límite, la cifra
de nuestra propia imagen y su espejo.
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Todo aquí es más allá
se ha trascendido el círculo.
Se ha derogado el número.
Ni distancia. Ni música. Ni latido. Ni órbita.
La dulzura terrible, sin fondo, de la nada.
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Estos versos nos llevan a repensar en aquello a lo que se refirió Baudelaire, a lo que nombraban los críticos del siglo XIX la prosa de la vida, el lado oscuro de la vida.
Michelena adopta esta circunstancia de la existencia humana mostrándonos la realidad adversa a la que se enfrenta la civilización moderna. Asimismo, vaticinando, de manera apocalíptica el destino del mundo que los románticos, como en el caso de Baudelaire acotaron. La periodista explora este juicio en el poema “La casa sin sueño”:
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… a mi soledad vino una sombra.
Pobló este mundo de orgullosa ruina
con una voz que gime
como una criatura vengativa,
que tiembla entre sus lágrimas
lo mismo que una isla delirante.
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Las consideraciones de la creadora hidalguense que precisan sobre el aislamiento como condición del hombre y que le originan un vacío existencial, se evidencia en el poema “Muro que da al norte”:
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Toda dulce traición de la memoria
la enamorada sin amor
que arde en el casto pecado
que es su terrible orgullo
de estar sola.
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Por otra parte, uno de los críticos que han estudiado el movimiento romántico es Mario Praz, quien explica que: “Para los románticos, la belleza toma relieve precisamente por obra de aquellas cosas que parecen contradecirla: lo horrendo, cuanto más triste y dolorosa es, más la saborean.” Así como en el poema “Las dos buenas hermanas” de Baudelaire dice: El desenfreno y la muerte son dos buenas hijas. En el poema: “Como a un muerto de sed” expone y recrea, la autora, este sentido de la belleza, tan peculiar del romanticismo:
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Es que me he deparado
la terrible alegría
de contemplar mi amor del dulce mundo
hecho ceniza.
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Versos como los citados, nos hacen recordar, “el apogeo de la estética de lo horrendo y lo terrible” que desarrollaron los románticos en su escritura a fines del siglo XVIII, apunta, también Praz. En el caso de Michelena es idea inspiradora de sus versos.
Conviene señalar, este tono de emotividad de los versos de la escritora que se manifiestan cuando alude al sentimiento que la embarga: una tristeza profunda, sentimiento que se convierte, a lo largo de sus textos, en tedio, hastío y desolación por las situaciones adversas a las que se enfrenta. Esta intensa emotividad se evidencia, notablemente, tanto en los escritos de Michelena como en los intensos sentimientos de Baudelaire cristalizados en su libro Las flores del mal.
Michelena se inspiró en la sensibilidad de los románticos, en especial de la de Baudelaire, quien desarrolla esta expresión del sentimiento. La creadora incorporó uno de los ideales del Romanticismo de unir dos entidades: la mente y la sensibilidad. Aunque para ambos pensadores la sensibilidad se aprecia como algo que se desborda en sus líricas, como expliqué anteriormente.
Los dos autores poetizaban como una forma de resarcirse a través del arte. La autora en el poema “El velo centellante” declara:
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Yo no canto
por dejar testimonio de mi paso,
ni para que me escuchen los que, conmigo, mueren,
ni por sobrevivirme en las palabras.
Canto para salir de mi rostro en tinieblas.
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Debemos recordar, que ambos autores manifiestan en su obra las dolencias que los atormentan y en las que se regodean. Si bien, desde el romanticismo hasta nuestros días existe una estrecha relación entre placer y dolor. Baudelaire en su “Himno a la belleza” habla de esta unión. Por su parte, Margarita Michelena la transmite en el poema “La casa sin sueño”.
Frente a las circunstancias adversas que ella refiere, también las contrapone al lado luminoso de la vida al igual que lo expuso Baudelaire, quien escribió versos a la naturaleza, en cuyos poemas identificamos que existe una comunión entre el individuo y la naturaleza y, que los románticos percibieron como entidades entrelazadas. En el poema “A ti rosal, nevado por la cima” incluido en el libro Reunión de imágenes es evidente esta unión:
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Es que hablándote así, del frágil tallo
hundido y doloroso de mi voz,
desde mi noche que olvidó su estrella,
desde mi soledad, desde mi enero
y su granizo y sus perdidas aves,
me parece, loándote en la gloria
tardía y denodada que terminas,
que, como tú, levanto yo una rosa.
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Podríamos aseverar que a lo largo de su obra, se presencia una postura de esteta, la de Michelena; ya que, cuando realiza una exégesis sobre el lado oscuro de la vida en sociedad antepuso la belleza como algo sagrado. Al igual que el autor francés, quien estuvo consciente de vivir en un mundo sin sentido. Creyó en los ideales de la defensa de la individualidad del hombre y propuso ante la tendencia del hombre hacia el bien y el mal, que éste asumiera esta dualidad y encontrara una forma de vivir, enfrentando, a estas circunstancias adversas, la belleza y la poesía.
En síntesis, afirmamos que, ambos artistas, mediante el arte, intentaron liberar sus abatimientos y asumieron estoicamente su existencia. A través de la palabra, desearon redimir al hombre. Recordemos uno de los principios de la estética romántica fue el arte como religión. La lírica de Michelena logra hacer inteligible, al lector, la condición humana y su entorno social con un lenguaje diáfano y sencillo.
María del Rocío González es colaboradora del Diccionario de Escritores Mexicanos y forma parte del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
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Publicado en Círculo de Poesía – Revista electrónica de literatura
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Saludo a Margarita Michelena
Por Octavio Paz
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Cuando Alicia Zendejas me anunció que se preparaba un homenaje de los poetas mexicanos a Margarita Michelena, me alegré. Es hermoso que los poetas mismos rindan homenaje a uno de los suyos; y más lo es que los aquí reunidos vengan de los cuatro puntos cardinales y pertenezcan a varias generaciones. Conocí a Margarita Michelena en la universidad, hace muchos, muchos años. Los dos padecíamos una enfermedad frecuente en la juventud pero que sólo en pocas ocasiones se vuelve crónica: la afición a escribir y a leer poemas. En el caso de Margarita la poesía, la escrita y la leída, ha sido su alimento terrestre y espiritual, la ventana por la que ha contemplado al mundo y por la que, no pocas veces, ha dado un salto para descender al fondo de sí misma. La poesía es conocimiento: nos hace visible la presencia escondida, secreta, de las cosas y los seres; también nos revela nuestra intimidad, nuestra vida interior. Además de ser conocimiento, revelación de la otra cara de la realidad, la poesía es creación. El poeta no sólo expresa lo que piensa y siente sino que, al decirlo, construye arquitecturas ingrávidas: poemas hechos de palabras leves como el aire y que, no obstante, resisten a los años que liman montañas y perforan rocas. El instante se salva en el poema.
Margarita Michelena pertenece a esa rara estirpe de poetas que en formas diáfanas alían el pensamiento al sentimiento, lo que pensamos con los sentidos a lo que sentimos con la cabeza. Sus poemas son cristalizaciones transparentes. Desde su primer libro me impresionaron, por igual, la maestría de la hechura, la profundidad del concepto y la autenticidad de la emoción. Equidistante del grito y del frío conceptismo, de la confesión sentimental y del «preciosismo», sus poemas brotan del suelo del lenguaje como chopos, pinos o álamos; también como torres de reflejos y esbeltos obeliscos de claridades. Poemas bien plantados en la tierra pero movidos por una misteriosa voluntad de vuelo. Gravitación y levitación.
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Palabras en el homenaje a Margarita Michelena, en Bellas Artes, el 21 de julio de 1996, se publicó en Vuelta, México, núm. 237, agosto de 1996.
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Selección de poemas.
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Yo no canto
por dejar testimonio de mi paso,
ni para que me escuchen los que, conmigo,
mueren,
ni por sobrevivirme en las palabras.
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Canto para salir de mi rostro en tinieblas
a recobrar los muros de mi casa,
porque entrando en mis ojos quedé ciega
y a ciegas reconozco, cuando canto,
el infinito umbral de mi morada.
El velo centellante
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Cuando yo digo amor
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Cuando yo digo amor identifico
sólo una pobre imagen sostenida
por gestos falsos,
porque el amor me fue desconocido.
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Cuando yo digo amor
sólo te invento
a ti, que nunca has sido.Y cuando digo amor
abro los ojos
y sé que estoy en medio
de mis brazos vacíos.
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Cuando yo digo amor
sólo me afirmo
una presencia impar
como mi almohada.
Cuando yo digo amor
olvido nombres
y redoblo vacíos y distancias.
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Cuando yo digo amor
en una sala
llena de rostros fútiles
y pisadas oscuras en la alfombra.
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Cuando yo digo amor
crece la noche
y mis manos encuentran
para su hambre doble y prolongada
mi pobre rostro solo
repetido por todos los rincones.
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Cuando yo digo amor
todo se aleja
y me asaltan mi nombre y mis cabellos
y las hondas caricias no nacidas.
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Cuando yo digo amor
soy como víctima.
La inválida en salud.
El granizo y la rosa paralelos.
.La dualidad del árbol y el paseante.
La sed y el parco refrigerio.Yo soy mi propio amor
y soy mi olvido.
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Cuando yo digo amorse me desploma
la ascensión de las venas.
Sobreviene un otoño
de fugas y caídas
en que yo soy el centro
de un espacio vacío.
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Cuando yo digo amor
estoy sin huellas.
De porvenir desnuda
e indigente de ecos y memoria.
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Cuando yo digo amor
advierto inútil
la palma de mi mano —que es convexa—
e increíble
ese girar soltero
del pez en su pecera.
del libro Paraíso y nostalgia (1945)
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Arte sonora
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Como si el mundo fuera una llanura
verde y plana, tendida
bajo de una campana de cristal resonante,
llevar la voz en canto, como flor de sonido,
por las naves del aire, por las torres del heno
y la espada finísima del trigo.
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Cantar. Pero cantar únicamente
la cima melodiosa
de cada rama, cuando en ella sube
todo el andar del mundo, para darnos
edificio infalible en cada rosa.
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Cantar únicamente la belleza del astro
deteniendo en el cielo
la integridad dorada de sus gajos.
Y no llevar la voz más adelante,
al tiempo en que los vientos
y el amor ya desnudan
el coro de fragancia
y el firmamento gira
hacia la joya rota de un menguante.
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Ni promesa ni muerte
dentro de la canción. Que el canto sea
jubilosa y presente criatura,
inocente y redondo como piedra
que el agua ha modelado con su música
más para ser como fingida perla
debajo del cristal, que daga oscura.
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Pero cantar. Cantar.
El llanto es una puerta de cristal desgarrado.
Mas el que canta tiene la amistad de las nubes
y anda bajo la bóveda derramada del bosque
si llueve o si serena.
El río no divide sus ondas, que antes une
sus menudos cristales bajo el pie de quien canta.
El puede andar desnudo,
que su canción lo viste
de belleza solar y casto escudo.
Pues todo aquel que canta
el hijo vuelve a ser que tiene herencia
de la más dulce vid, laurel y agua.
A su paso la arena se convierte
a una fe de verdor hospitalario,
los perros juegan y las lluvias sueltan
encima de las hojas su teclado.
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Y al ir con su canción es como un árbol
doblando el dulce fruto de su sombra
y suspendiendo música en sus ramas.
Quien canta siempre siente cómo un ángel
está invicto naciendo en su garganta.
del libro Laurel del Ángel (1948)
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el sueño del hombre
a Efraín Huerta
Corres entre la noche como una fuente ciega,
como una larga vena de música dormida.
Tu piel —sencillo bosque de tacto y de rocío—
es el claro arrecife que te limita el sueño,
sitio donde la sangre de crestas tumultuosas
se encuentra suavemente con la esperada orilla.
—Esa tu sangre hermosa, alta y resplandeciente,
llevando sus collares de música y sonido
por el rosal izado de tus venas,
cantando en las cavernas sedientas de tu pulso
su partitura elástica y ardiente—.
En ti, hombre dormido, va respirando
el mundo,
el alba se prepara y se inventan las rosas,
inminentes y bellos se levantan tus hijos,
brillan bajo tu carne, que dormida,
es como un gran silencio transparente.
Si tú pudieras verte en la cima del sueño…
No eres tú, ciertamente. Eres más: un espejo
de tu más honda vida, de la gran vida
oculta que ciega y poderosa te transita
sin que nadie la vea en tus mínimos
gestos, en las cosas que haces cuando vas por la calle
con tu traje inhumano y tus ojos abiertos.
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Perdido entre las flechas resonantes del día
no eres más que una leve semilla en el vacío,
una inválida luz desesperada
que entre dos infinitas soledades
brilla un momento y corre hacia la muerte.
Sientes cómo en tus huesos trabaja ya el
derrumbe,
que detrás de tus ojos dos bóvedas sombrías
instalan su tiniebla irremediable.
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Siempre estás despidiéndote
del huyente prodigio de tu carne,
mirando su belleza devorada,
sabiendo que tu muerte crece y crece
dentro de ti, como en cerrado huerto,
como manzana oscura, suspendida
del trágico y hermoso ramaje de tus venas.
Y así vas, solo, solo, desesperadamente
abandonado,
como un viudo infinito de tu cuerpo.
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Mas cuando estás dormido te abres como
la rosa
que va a morir, pero que dentro lleva,
en su claustro de amor activo y ciego,
una dulce galaxia de hermosura,
una próxima hija de su aroma
que al mismo tiempo que su madre
muere la repite en color y arquitectura.
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En el sueño tu carne desembarca
como en invulnerable continente.
Puedes allí mirar los no sabidos rostros
de los que en ti, de noche, se modelan,
edifican su danza y su belleza,
la columna futura de sus voces,
la torre desolada de su llanto
y la amorosa nieve de sus dientes.
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Qué eternidad, qué misteriosa fuerza
te pueblan cuando duermes,
cuando eres una isla silenciosa
perdida en el océano de tu lecho,
y en la que crecen músicas y hogueras,
los infinitos dedos de la hierba
y sonoros ejércitos de niños
que demandan tu amor y su desastre.
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Eres lo que declina, pero también lo eterno:
la semilla en su sitio, desgarrándose,
la mística tiniebla de la sangre.
Y allí estás, victorioso y derrotado,
quemado por aceites de misterio,
poseído, deshecho, transitado
por pies innumerables y futuros,
tu frente coronada de ángeles sombríos,
tu espalda de héroe muerto sobre el mundo
y tu cuerpo habitado de amor y de gemidos.
Del libro La tristeza terrestre (1954)
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Palabras del poeta a la criatura humana
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Te hablo, criatura aciaga y venturosa,
a ti, prado y caverna, amante y enemiga,
el resplandor del gozo y la noche del miedo,
a ti, demonio triste y dulce copa
de la que beben pájaros y ángeles,
palabras a ti, la que padeces tu muerte cada día
del poeta a y un sólo instante pasas por tu propio cadáver.
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La criatura Yo sé quién eres tú, ya te traspase
humana el alba con su dardo de pájaros, te queme
con el ascua flotante de su flor y te asombre
Para Eunice Odio con su leve camisa de rocío.
Ya te viaje la tarde, despoblándote
de tu rumor arbóreo.
Ya te incline la noche y te devuelva
hacia una simple forma, a la más simple,
a ser sólo la hierba que prepara
su brevísima túnica terrestre,
su delicada música, tañida a ras de suelo
en la nueva mañana.
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No puedo ver reunido tu rostro innumerable
ni conocer tu nombre, confiado
ya al mar o ya a la altura,
a la tierra a al humo,
a la luz o la piedra.
Pero yo soy tu rostro,
yo soy tu nombre unido y verdadero
y en mí tú te resumes, tu, transeúnte
del ojo y la palabra,
en mi tú te congregas, dispersa criatura,
como huésped eterno de tu alma.
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Mírame ahora, en este solo instante
en que te vivo, y reconóceme
para saber quién eres, cómo pasas,
como creces y lloras,
y cómo caes, y cómo resplandeces.
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Por mi alma transcurres,
te alumbras y oscureces,
y allí, te maravillas y allí cantas.
En mi te sabes llama combatida
por el labio del viento.
Y en mi, como a relámpagos de sangre iluminada,
recobras tu memoria, los rumores
del olvidado huerto
y el diálogo perdido entre el aire y el ala.
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¿Cómo no amarte entonces, criatura
desolada y feliz, si estás poblándome
con altos sonidos de tu gozo
y el seco y desgarrado de tu muerte,
si a veces toco, por tu propio dedo,
no se qué latitud angélica o que prado
donde la luz aprende
a ordenarnos el mundo,
a ser su inteligencia desnuda y transparente,
y en otras me desplomo, con tu peso terrible,
en la gran soledad que es el pecado?
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Estoy solo por ti, por ti padezco
y es por ti que me alegro y me acompaño.
Si Dios manda sus ojos
te encuentra en mí reunido
y a mí debajo de tu vasto nombre
como debajo de una estrella unánime
de la luz junta y purísima
cuyo fulgor cosecho por el aire.
Somos uno, uno solo, dentro de la palabra.
Yo soy tu residencia, el domicilio
último y verdadero de tu alma.
Y en mí termina, aterradoramente,
el parpadeo de su carne.
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Si digo “yo”, te nombro
como en la sola espiga
se nombra al tigo todo.
Y tú no me conoces.
Ah, pero si me oyes, pero si me oyes una vez,
sabes quién eres.
Miras tu propia voz en mi garganta,
la ves salir de mí ya como el tallo
que eleva y que sostiene
la flor de tu palabra.
Y allí, oh criatura, oh habitante
doloroso y riente de mi alma,
allí nos encontramos.
Soy tu único espejo,
soy el estanque terrenal y oscuro
sobre el que a veces misteriosa piedra
dibuja un vago círculo: tu nombre.
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Amo lo que te arranca y te clausura,
y lo que te desnace del sueño hasta el latido,
del latido a la piedra;
la voz con que preguntas
nombre y cifra a las cosas;
el giro solitario que desuella
la piel más escondida de tu alma;
el golpe que te arroja el pozo de tu sangre.
Y amo cuando te alza
el remoto vestido de los ángeles,
aquello que te acerca
al fluir de las otras criaturas,
conduciéndote
de la raíz y del silencio
hasta la música y el aire.
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Te hablo como a gota perfecta y reluciente,
pero mínima y sólo distinguible
en el caudal inmenso de las otras,
ya súbdita amorosa del río que le arrastra;
te hablo de la música en cuyo cauce corres.
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Ya se que entre la noche recoges tu sonido,
lo aislas de los otros,
te inclinas y lo escuchas.
Es tan pequeño… Apenas se le oye
Menos que al ligerísimo estallar de una rosa,
que al vuelo del rocío
o al párpado del alba.
Esto es la soledad. Mas yo te digo:
No hay soledad. Devuelve tu sonido
a la música entera y deja que penetre
al hueco ilumínado que lo aguarda.
La música es la sola y total compañía,
el fluir que congrega a toda criatura
en permanencia y orden, que confunde
a toda voz en una verdadera.
Entra en la música. No temas.
Allí no olvidarás sino tu nombre
pequeño y solitario,
ese nombre de muerte que Dios no te conoce.
La hoja sabe. Fluye dulcemente
desde la tierra muda al coro que la aguarda,
toma su sitio entre las otras voces,
asume su rumor y lo levanta
por un solo verano irrevocable.
Todas las hojas son el mismo árbol.
Todas la criatura deslumbrante,
todas su religiosa plenitud y su cuerpo
del ángel oscuro y fuerte, coronado
de rumorosa paz y concluido
en música labrada entre los aires.
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Esto lo dije por tu alma.
Pero también tu cuerpo es de la música
y por su sola gracia incorruptible.
Porque es verdad que el cuerpo resucita
y está ya prometido a una forma futura,
desposado con ella, y a veces reconoce
al increado objeto de su alianza.
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A veces tus cabellos te parecen de hierba
y tu oído una altura de azucena,
y tus dedos, raíces de una próxima rama,
y una cierta mirada, un cimiento de aroma,
y una sonrisa tuya, un proyecto de pluma,
y el tacto una posible mejilla de manzana.
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Todo lo sé, de ti, pues vengo de la música,
de su cuerpo sin término, infalible.
Y tú no morirás, porque he escuchado
tu nombre original iluminándose
en mi propio sonido.
Eres ya de la música. En su fulgor construyó
tus miembros inmortales.
En su ordenada lengua te alumbro y comunico
y te doy el vestido delirante del fuego
para que al consumirse, seas reconocido.
Del libro El país más allá de la niebla (1968)
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Lección de cosas
(fragmentos)
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Yo hice este jardín, niñita mía…
hada mínima, leve coreografía de paloma…
para el advenimiento de tus pasos…
quiero que ames la tierra,
sus voces, sus secretos…
legislación de lluvias y abejas…
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aquel es un durazno,
su túnica de oro, su azúcar misteriosa…
no es otra cosa el fruto que un poeta secreto.
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La nube, el suceso increíble de su espuma…
este segar la vista de hermosura, es la rosa.
Y otra cada vez, la misma es siempre.
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El naranjo, mi niña, tiene un hermoso oficio:
Hace soles menores.
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El clavel alza una copa de fuego vivo, en la que escancia
el vino volador de su perfume…
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no lo toques, al lirio amor, no lo toques,
su esbelta soledad recuerda y ora…
breve espejo del cielo.
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La hiedra es el claroscuro…
la exacta armonía que sube por el muro
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Una canción que llega. Y reconoces
en ella a tus hermanos voladores.
Es la rapaz orquesta desatada en los aires.
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Y este es el cuerpo místico del agua,
dueño de las formas, música derramada.
Esta es el agua, y no otra cosa que aire que se toca.
El escondido esposo de la tierra.
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Ya sabes lo que somos: un momento de luz
para que alguien resucite
y alguien sobreviva.
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Búscame aquí, que nunca estaré muerta.
Aquí me encontrarás, donde buscamos
los signos, las palabras
que se le caen a Dios entre la hierba.
del libro El país más allá de la niebla (1968)









